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Apuntes de cine

EL ABOGADO DEL TERROR (2007)
Barbet Schroeder

EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS

Tramo 1: en Argel, un joven abogado galo asume la difícil defensa de una terrorista argelina que puso una bomba en una cafetería llena de franceses, con resultado de varias muertes.
De madre vietnamita y rasgos achinados, Vergès se une a la causa anticolonial e internacionalista, al tiempo que exalta la Francia de Montaigne, Diderot y la Revolución de 1789.
Esta parte, que incluye valiosa documentación y la impresionante escena de los aullidos con que la Kashba respondía a las ejecuciones nocturnas de reos, muestra del personaje un lado hasta romántico. Tras librarla de la pena de muerte, se termina casando con la terrorista quien, en el futuro estado argelino se convertirá en leyenda patriótica viviente.

El tramo 2, determinante, ocurre fuera de campo, por así decir. El abogado lleva mal ser el esposo de quien brilla más que él. Abandona a mujer e hijos y desaparece durante ocho años. Presumiblemente los pasó viajando de incógnito a la Camboya de Pol Pot.

Acto 3: reaparece en París, manejando dinerales de las fuentes más diversas: dictadores subsaharianos, gobiernos revolucionarios, amistades de filiación nazi, organizaciones terroristas. Amuebla con lujo un gran piso en el barrio de Notre Dame y se le hace la boca agua al hablar de buenos quesos y mejores Burdeos, champagne y delikatessen bañadas en armagnac.
Fustigador de la justicia burguesa y tocapelotas mayor del sistema democrático, en el que evidentemente no cree, todo le vale para ello. Se adhiere a los supuestos ideales libertadores de grupos armados pero no encuentra problema en defender, a la vez que a la Baader Meinhof o al Chacal Carlos, a déspotas africanos, pistoleros jomeinistas o, sobre todo, a una de las bestias negras de Francia: el ‘Carnicero de Lyon’, torturador de mujeres y niños durante la ocupación alemana.
Empujado por su rencor hacia la metrópolis, no le importan las contradicciones. Inflado de suficiencia, se jacta de vencer con ardides a los abogados contrarios, burlándose entre risitas sardónicas y blandiendo el enorme habano como un cetro de jefe tribal.

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Al principio de su trayectoria como director, atípica donde las haya, Schroeder rodó otro documental con protagonista singular: Idi Amin Dada, el dictador de Uganda. Le dejó expresarse a sus anchas y por sí solo el personaje se autorretrató como lo que era, un grotesco tirano.
Algo parecido vuelve a hacer. Abriendo distancia, sin comentarios en off, deja al abogado explayarse. Le da cancha para que emerja desde el corazón de las tinieblas, al otro lado de la siniestra trama del terrorismo internacional que junta a sátrapas, asesinos, nazis, zombies, lunáticos, vividores y el propio Vergès, destacado: se exhibe cínicamente, entre huecas loas a la misión de la abogacía, imbuido de aquello que en los comienzos de su carrera decía combatir, y deja al desnudo abismos de la amoralidad absoluta, por él mismo encarnada, con vehemencia e identificación, como el coronel Kurtz de la novela de Conrad.

Lupo