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Adiós, Teniente Calley

Una de las escenas rescatadas en la formidable Apocalypse Now Redux nos muestra cómo el capitán Willard, durante su alucinado viaje río arriba al encuentro del coronel Kurtz, hace parada de un día en una vieja colonia francesa, de los tiempos de la Indochina. En la sobremesa de la cena, un anciano de la familia señala al invitado que el grupo de franceses lleva casi un siglo establecido en el lugar y tiene algo propio que defender: se deben a esa hacienda y ya no a la lejana Francia; además, conocen a los vietnamitas y saben cómo conducir una negociación con ellos. Sin embargo –reprocha al capitán—los estadounidenses ignoran el carácter peculiar de los vietnamitas, y tampoco saben bien qué están atacando o defendiendo con su intervención, más allá de unas decisiones estratégicas tomadas sobre un mapa.
Willard, obsesionado ya por la fantasmagórica figura de Kurtz, pone cara de que tales quejas le entran por un oído y le salen por el otro. A esas alturas sus compatriotas no eran tan indiferentes. La victoria se había anunciado rápida y sencilla pero muchos soldados regresaban a casa amortajados. El grueso de los combatientes volvió amargado por la derrota; eso sí, habiendo para las décadas futuras envenenado con napalm y otros defoliantes el suelo vietnamita, selva transformada en descampado, y sembrándolo de minas personales que mutilasen a los niños condenados a criarse en aquel devastado país.
Los hippies californianos reaccionaron ante una barbarie que incluía episodios como la matanza de My Lay o la de la Colina de la Hamburguesa
y extendieron por Occidente su protesta. En agosto del 65, manifestantes pacifistas detuvieron trenes cargados de tropas. Se quemaron en público cartillas de reclutamiento. En agosto del 69, Woodstock; en octubre, el Moratorium Day.
Ocurrió el siglo pasado, pero la codicia de las compañías de armamento, sus planes de enriquecimiento a cualquier precio, siguen amenazando con mantener al planeta sumido en una Edad Oscura también en el siglo XXI. Los arsenales de Lockheed Martin y Boeing rebosan y hay que dar salida a los stocks para no bloquear la producción.
Los valedores de las empresas militares se han simbiotizado hasta tal punto con las esferas gubernamentales que estas constituyen su hábitat natural; cualquiera que sea la puesta en escena electoral, el resultado es evidente aunque trascienda entre bastidores: el gobierno más poderoso del mundo, el imperio de nuestros días, sirve a las conveniencias de una industria cuya razón de existir es el consumo de armas de colosal fuerza destructiva. Cuantas más guerras y más enconadas, mayor caja, igual que el heladero hace su agosto cuando aprieta el calor; sólo que el calor es un fenómeno natural corriente y en cambio la guerra, de ser también fenómeno natural lo es en el peor sentido; salvaje, irracional, instintivo, incompatible con la sociedad civilizada, compuesta por hombres conformes con la definición aristotélica de lo humano: zoon politikon.
Durante el siglo XX, la siniestra ingeniería del exterminio cobró tal auge a espaldas de la razón que deberíamos considerarnos escarmentados para siempre y asustarnos de los abismos a que puede precipitarnos la insaciable tendencia de los opulentos a acumular riquezas, incluso cuando ya no se disfrutan, incluso cuando significan un estorbo. Lo importante, sienten, es que esas riquezas no las tenga otro, porque ese otro puede hacerse fuerte y despojar a los demás. Mejor despojarle antes. Quien da primero da dos veces.
Las cuentas de los codiciosos están cerradas, y en los balances sólo figuran números, que representan cantidades de dinero. Los civiles que resultarían barridos del mapa o condenados a sobrevivir entre sufrimientos no se tienen en cuenta, literalmente. Y si alguna organización internacional aboga por esas víctimas se la escucha con fastidio, como a pesadas beatas o monjas a quienes queda feo echar a la calle de un puntapié en el trasero.
A vista de satélite, nuestro planeta presenta bulliciosas luminarias, redes de puntos brillantes que saturan el Primer Mundo, en contraste con la extensa tiniebla del Tercero; autopistas, avenidas de farolas, centrales eléctricas, aeropuertos, publicidad animada, en contraste con desérticos campos calcinados y poblados suburbiales. El porvenir para quienes se queden en las zonas oscuras consiste en hambre y epidemias, a no ser que emigren a una ciudad de rascacielos para realizar los trabajos que ya no quieren o no pueden realizar esos proliferantes ciudadanos obesos, sufrientes, vergonzosos –no como los orondos estraperlistas de la posguerra española, ufanos de su panza, prestigioso símbolo de poder—que consumen raudales de energía, la que necesitaría una aldea africana, y ni siquiera un psicoterapeuta sabe cómo pararlo.
Para incrementar la holgura lujosa del ferial mundo opulento, un porcentaje creciente de la población mundial es obligado a sacrificar su vida. África se convierte en un moridero y los países ricos no saben dónde tirar sus excedentes.
Lo sabemos de antemano porque los hippies tuvieron por nosotros la experiencia del desengaño: desnudaron la falacia de los discursos grandilocuentes, la hipócrita apelación a ideales manejados como hueca retórica por quienes han moldeado su moralidad en el western, en el culto al rifle, y para orientarse maniqueízan la realidad: el cowboy contra los forajidos; los Estados Unidos, modelo único de progreso, contra el resto del mundo, sospechoso de no adherirse a la ley impuesta por el marshall.
La camarilla de asesores presidenciales dicta discursos cuya palabrería no convence a nadie cuando el emperador lee aplicadamente las fichas ante las cámaras. Las campañas electorales salen carísimas y nadie regala dinerales a cambio de nada. Cuando quiere aportar algo de su cosecha, un toque de estilo personal, como que hay que atacar a Iraq porque lo gobierna un hombre malo que “quiso matar a papi”, tiemblan las bolsas de los cinco continentes.
Tampoco hay garantía de que la cuantiosa propaganda endurecedora logre encender en la población el fervor bélico. Las innumerables películas que exaltan la solución violenta de todo conflicto –sea doméstico, de tráfico, vecinal o internacional—va haciendo surco en los cerebros adolescentes. Son regaladas en lotes a los gobiernos que compran un avión o un tanque, y la programación de TV les sale así más barata.
La eficaz conversión de la realidad en entretenimiento, de la guerra en divertido videojuego, no alcanza para arrastrar a una opinión pública escamada. Pocos se creen que la matanza planeada tenga otro objetivo que el botín de petróleo con que alimentar las máquinas del mundo opulento. Tras el espeluznante once de septiembre, muchas voces (la de Chomsky las encabeza con firmeza ejemplar) quieren aplacar el delirio patriótico astutamente atizado por los mercaderes de artillería, quienes por supuesto ya tienen calculadas astronómicas ganancias. Son voces que se extienden por la base de la sociedad en pequeñas plataformas y a través de la Red, sorteando la siniestra labor adormecedora de conciencias que el Poder ejerce desde sus ubicuas plataformas mediáticas lanzando mensajes machacones, monótonos.
Se dibuja una oportunidad para dejar al fin atrás esta fase primitiva de nuestra civilización, definida por la prevalencia de aspectos sombríos y ruines de la condición humana, más característicos de su lado brutal que del propiamente humano, soñado desde hace siglos: conciencia en verdad humana, capaz de construir un mundo en el que la razón, la fraternidad, la justicia igualitaria y el gusto por la belleza modelen sus principales rasgos.
Una oportunidad para decir adiós a los tenientes Calley.

Octubre de 2002

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