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Bedoniana

Encerrado en la aldea

Bajé en la estación de Villahormes, menos cansado de lo previsto. Lo noté mientras caminaba ligero hacia casa, cargando mochila y una bolsa, y comprobaba que desde navidades los elementos del pueblo no habían cambiado: árboles, casas y carretera seguían en su sitio. El aire tenía el mismo olor salado que el viento traía del mar para mezclarlo con el de eucalipto, que traía del pie del monte, y con el de las vacas, que salía por sí solo de las cuadras a todas horas.
El curso había terminado en la universidad y yo llegaba para quedarme hasta septiembre.
Había montado en el expreso en Chamartín, y fui la mayor parte del viaje en el pasillo, fumando y viendo las estrellas, en los tramos en que se podía. Cuando ya no me tenía en pie me metí en la litera, medio dormido. En espacios tan pequeños siento claustrofobia. Al amanecer estaba otra vez en el pasillo.
El tren terminaba de atravesar los túneles de Pajares y las primeras luces revelaban el mundo gris de la Cuenca, el brillo metálico de los ríos muertos. Olía a carbón, pero también a lluvia. Se respiraba más clemencia que en la calurosa sequedad de Castilla.
En Oviedo cambié de estación, a vía estrecha, con tiempo para un tazón de café con leche grasienta en la cantina.
La máquina del convoy chiflaba a cada poco y paraba en todo apeadero. Orillando el Piloña, y luego el Sella, avanzaba despacio entre poblaciones que en la ventanilla aparecían progresivamente menores y dispersas.
Ese trecho estuve pensando en la respuesta de Álvaro Riviera.
Álvaro Riviera era uno de los compañeros con quienes había congeniado durante el primer año de Periodismo. La carrera se llamaba Ciencias de la Información pero me parecía largo y pomposo, así que cuando en el pueblo me preguntaban qué estaba estudiando yo contestaba que Periodismo, y todo el mundo lo entendía a la primera.
En Madrid vivía yo en casa de mi tío Hilario, un piso espacioso cerca de Cuatro Caminos. En su familia me consideraban uno más. Mi padre le daba un tanto a su hermano y allí había para mí alojamiento, comida, trato afectuoso y una llave para entrar y salir cuando me viniera en gana.
El tío Hilario había entrado de joven en un banco y al ir ascendiendo le habían trasladado a Madrid. No necesitaba dinero, ni quería recibir compensación por acogerme, pero mi padre lo había impuesto. Eran formalidades que regían entre ellos.
Yo estudiaba lo justo para aprobar, sin excederme, y pasaba mucho tiempo fuera de casa. Hacía con los compañeros rondas de bares, íbamos a los ciclos de películas de los colegios mayores, les llevaba a beber sidra a Casa Mingo, a un paso de la Universitaria, y presumía de saberla escanciar desde lo alto del brazo. Y en toda ocasión tratábamos de acercarnos a las estudiantes.
El más asiduo en las frecuentes salidas era Álvaro Riviera. Seguro y desenvuelto, se interesaba por todo, coherente con su proyecto de convertirse en reportero de viajes. Conocía la ciudad con curiosidad fría, técnica. A ritmo continuo me proporcionaba información detallada sobre la vida de cada barrio.
Antes de despedirnos hasta la vuelta de las vacaciones le invité a pasar unos días en mi pueblo, prometiéndole excursiones interesantes por el concejo de Llanes.
Con su habitual e inapelable seguridad respondió:
—Gracias, Joaquín, pero yo me iré a Levante, que es un mundo abierto, con gran movimiento de gente. Hay muchas cosas que ver antes que encerrarse en una aldea.
Quedé incapaz de reaccionar, y sin ganas de convencerle.
Pasé los días siguientes rumiando aquellas palabras inesperadas. Durante el viaje en tren seguía rumiándolas, y también cuando abrí la puerta de casa.
—Hombre, Juaco, ya has vuelto.
En casa fui toda la vida Juaco; incluso de niño, cuando, si Joaquín fuera diminutivo, tendría más sentido utilizarlo.
Me encontraron muy delgado, por supuesto, y me preguntaron por el tío Miguel. Después de contestar a varias preguntas más les dije que había aprobado todas las asignaturas. Me aclararon que ya contaban con ello, y volvieron a sus quehaceres. Aproveché para dejar el equipaje. Busqué la BH de mi hermano y la encontré debajo del hórreo, apoyada en un pegollo, con las ruedas para arriba. Mi hermano estaba haciendo la mili en Extremadura y no podía decirme nada.
Desde la huerta di una voz para despedirme y tiré hacia San Antolín. Si no había viento en la orilla, ni gente en Punta Pestaña, un chapuzón ayudaría a sacudir el aturdimiento y la suciedad del viaje.
La bicicleta, de hierro, pesaba como un vehículo industrial. Manillar y guardabarros lucían bastante óxido. La cadena necesitaba grasa. En su viaje circular entre el plato y los piñones chirriaba como un áspero grillo metálico. Uno de los radios de la rueda trasera se había soltado. La llanta, descentrada, rozaba con la zapata del freno. No eran inconvenientes graves. La larga recta de Naves se bajaba sin una sola pedalada.
“…antes que encerrarse en una aldea”.
¡¿Qué se creía Álvaro Riviera?! ¿Que me había criado en una prórroga del Neolítico, encendiendo fuego con chispas de pedernal, cazando en el bosque, alumbrándome con velas y lavando la ropa en el río, durmiendo en la misma estancia animales y personas? Quizá el motivo de la respuesta no fuera el prejuicio exagerado y sí el temor al aburrimiento de una vida sin otro aliciente que las partidas con las fuerzas vivas en el bar local, alternadas con rancias tertulias sobre toros y fútbol entre humo de farias y copas de solisombra.
Tenía que demostrarle a Álvaro cómo se equivocaba, hasta qué punto su postura nacía de un tópico y no de la aproximación a la realidad.
Mi tierra no es aldeana y paleta, le diría. Ha dado un poeta que ha cantado sus paisajes y tradiciones con voz profunda, engrandecedora.
En casa de Güero Balmori había leído yo un libro de ese poeta. Me enteraría de la editorial, de dónde comprarlo y se lo enviaría a Álvaro Riviera para que corrigiese su opinión. Si una tierra tiene un poeta que le cante ya no se puede decir que sea aldeana, porque posee una dimensión espiritual. Ya no es pobre ni chata ni primitiva, como parecía insinuar en sus desdeñosas palabras.
El poeta se llamaba Celso Amieva; el libro, “Poemas de Llanes”.
Era una edición mejicana, con un sencillo dibujo de colores suaves en la portada. Esto lo recordaba vagamente: ni siquiera el tema de la ilustración, y mucho menos el nombre de la editorial.
Güero Balmori había nacido en México y se había criado allí. De ahí le venía lo de “güero”, porque era más bien rubio. Su padre se había emboscado después de la guerra, y aguantado bastante, por encima del Valle Oscuro. Terminó cruzando a Tolouse, y de allí a México, donde tuvo familia. Güero Balmori había viajado por primera vez a España a los quince años, y al otoño siguiente volvió para quedarse. Por el invierno estudiaba Filosofía en Oviedo y el verano lo pasaba en la que llamaba “Tierra de sus ancestros”. Parecía como si quisiera recuperar el tiempo vivido en otras latitudes. Tenía parientes por todo Llanes y tan pronto estaba en Porrúa como en Rales o Vidiago. Andaba siempre con libros, como otros con coches o drogas o fincas, y a menudo se comportaba como un viejo. Se le veía en la bolera, sentado entre jugadores y curiosos, sin hacer más que respirar el aire de su patria.
Decidí encontrar a Güero Balmori antes de terminar el día y averiguar cómo conseguir el libro de Celso Amieva. Y cuando se lo hubiera enviado a Álvaro Riviera me habría sacado al fin la espina cuyo pinchazo llevaba días escociéndome. Sólo entonces empezarían las vacaciones.
La mañana estaba desapacible. En San Antolín el mar rompía revuelto contra los cubos de hormigón y sonaban rabiosos los guijarros cuando el tirón de la resaca los frotaba.
El Bedón bajaba pardo, señal de que habían caído aguaceros fuertes la víspera. El caudal arrastraba barro y arena de regueros, empujándolos varios metros mar adentro, en una corriente que terminaba dibujando una espiral.
La pleamar no dejaba paso a Punta Pestaña y las gaviotas merodeaban por la desembocadura recogiendo porquerías entre chillidos y grescas.
Contemplé unos minutos el mar, lo escuché y olí para vivificarme, y decidí seguir hacia Posada.
Era viernes y a lo mejor Güero Balmori andaba curioseando entre los tenderetes del mercado.
Al pasar el puente del Bedón, y antes de llegar a la ruina del Estanco Nacional comida por los bardales, miré hacia el monasterio, en parte para no ver las pilastras del viaducto. Las francesas, rubias y bronceadas, se montaban en el Tiburón, de morro afilado, y faros y placa de matrícula amarillos, como si el coche fuera también rubio. No eran de París las francesas. El número de departamento no era el 75, que es el único que sé identificar.
Cuando nací, aquella familia ya estaba allí, cada verano. Un montón de niñas parecidas entre sí que se iban convirtiendo en jóvenes atractivas. Intentaba reconocerlas, sin darme cuenta de que la bici se me iba al lado contrario, hasta que un bocinazo me forzó a enderezar el manillar. Lo que sonaba era un Mustang turquesa que bajaba la cuesta lleno de adornos, cromados y alerones. En la matrícula, debajo de los números, ponía “CARACAS”, con todas las letras. Evaristo Pendueles iba asomado a la ventanilla, el codo por fuera.
—¡Eh, Tribulete! ¡Que estás en Babia, como los reyes de León!
Lo primero que se veía de Evaristo era la dentadura, de piezas grandes e iguales, que contrastaba con la tez oscura. Se había ido de chaval a Venezuela y con los años había ido cobrando aspecto incaico, con el pelo planchado y negro profundo, si es que no se lo teñía. Se carteaba con medio concejo y desde la otra orilla del océano estaba al tanto de cuanto ocurría al pie del Cuera. Nadie sabía bien en qué negocios faenaba pero venía siempre rumboso, con largos coches de estilo yanqui, hablando recio y seguro, e invitando a toda la concurrencia del bar al que entrase.
Mientras le contaba el viaje en tren vi que en el asiento trasero jadeaba un perro.
—¿No es ese uno de los pointers de Felipe?
—Precisamente, güey. Pero ahora es mío.
—¡Cómo! Felipe jamás se desprende de sus cazadores…
—Con lo que le pagué, me habría vendido a sus hijas.
—Pero tú nunca fuiste cazador…
—Y como mucho lo voy a ser de gamusinos. Antes de volver al Caribe se lo revendo a Felipe por la mitad y se acabó. Y, mientras tanto, la gente se entera de que quien puede, puede –concluyó, guiñando un ojo con gesto cinematográfico.
El Mustang arrancó porque llegaba detrás una furgoneta belga, con sus pequeños números rojos en la matrícula. Me quedé sin baza para preguntar por Güero Balmori. Por haber puesto pie a tierra, tuve que subir la cuesta sin la carrerilla que llevaba al pasar el puente.
Cuando empezaba a descender hacia la Vega, a la altura del cementerio bajaba sin fuelle. Culpa de la zapata del freno, que iba rozando. Fui derecho al taller de Ricardo.
—Hoy hay mercado y esto está a reventar, chaval. No prometo nada.
Estuvo quejándose un buen rato y aproveché para examinar los calendarios repartidos por las paredes. Cuando se cansó de rezongar se restregó las manos con un trapo que las ensució aún más y me dijo que volviera por la tarde.
Paré en la minúscula oficina de Jesús, el cartero. Le encontré ocupado en recolocar los pósteres del Barcelona.
—¿Viste a Güero últimamente?
—¿A qué Güero?
—A Güero Balmori.
Sin mirarme contestó que lo había visto la víspera en Rales.
—Andaba donde sus tíos. Estaba en la galería, asomado.
—¿Y tú qué hacías en Rales? ¿Tienes que repartir allí?
Entonces dejó los carteles y me miró, más para que yo viera la chispa de enfado en sus ojos que para observarme. El pelo blanco le autorizaba a tales reacciones.
—A ti qué te importa, guaje.
—Bueno, hombre.
—Fui a pescar. Y no reparto en Rales. ¡¿Cómo voy a ir en la bici a repartir hasta allí, con lo lejos que está?!
Supuse que a pescar había ido con alguien, en coche.
—¿Cómo es que eres del Barcelona, Jesús? Debes de ser el único en todo el concejo.
—Cuando el Urraca juegue en primera seré del Urraca.
Ya estaba otra vez absorto en la colocación de los pósteres y me fui sin despedirme. No hacía falta.
Merodeé un rato por los puestos del mercado, colocados entre los plátanos de ramas soldadas que crean la plaza triangular. El olor de los quesos de Cabrales se difundía con fuerza imponente.
Alguien me dio una palmada en al espalda. Era Pin, el hijo de Pepe, el jefe de estación. Pasamos un rato intercambiando comentarios sobre las lechugas que teníamos delante. Pin hablaba con la misma voz de barítono que su padre, e igual de reposadamente.
Hizo ademán de despedirse.
—Voy un momento a Rales. Ya nos veremos.
—Te acompaño, si no te importa. Tengo que ver a alguien allí.
Le seguí hasta una moderna ranchera con matrícula de Virginia. Dentro del vehículo olía a nuevo, y el motor sonaba tan quedo como si estuviera parado. Sólo a la altura de Turanzas cayó Pin en que yo estaría preguntándome por la procedencia del vehículo.
—Hace unos años que vivo en los Estados Unidos.
—¿Y eso?
—Me casé con una norteamericana y nos fuimos para allá.
Hasta llegar a Rales dio tiempo a poco relato. Me contó que vivía en una pequeña y tranquila ciudad de Virginia. Por el trabajo viajaba bastante y cada vez le gustaba más el país. La sociedad, sí, pero sobre todo el paisaje, grandioso.
—Tenías que ver aquellos parques, Juaco: Yellowstone, Yosemite…
—¿Estuviste en el Cañón del Colorado? –pregunté, precisamente porque la cinta en el radiocassete era la Suite del Gran Cañón, de Grofé.
Meneó la cabeza y resopló, riendo, queriendo decir que sí había estado y que no había palabras para describirlo.
Al pasar de nuevo sobre el Bedón miré hacia la central eléctrica y a lo lejos vi plantadas las tiendas de los ingleses, en el mismo prado del verano anterior.
Los ingleses parecían vagabundos y resultaron ser espeleólogos de Oxford. Los hombres usaban melena y barba, con trazas de sabios medievales. Las mujeres eran altas, de piel muy blanca. No se maquillaban ni depilaban. Se bañaban y enjabonaban desnudos en las frías aguas del río, indiferentes a la curiosidad del vecindario. Cuando exploraban la cueva vestían un atuendo espectacular. Además del traje básico de hombre-rana, pero con botas en vez de aletas, y casco luminoso en vez de gafas, llevaban cuerdas, escalas, herramientas.
En el campamento no se percibía actividad. Supuse que estarían en la cueva de la Fuentica, husmeando ríos y simas interiores descubiertos el último agosto; y a lo mejor Güero con ellos, dispuesto a practicar inglés y discutir cualquier asunto científico, daba igual si de astronomía o geología o bioquímica.
Camino de la cueva me empeñé en recordar el tema de la portada de “Poemas de Llanes”. No lo conseguí y por culpa de ello me despisté y casi aparecí en el molino de Samoreli.
A la puerta de la cueva unos ingleses se calentaban alrededor de una fogata. El resto exploraba dentro alguna galería a quinientos metros de profundidad. Sólo pensar en las ranuras por las que se metían a rastras y a oscuras en sus excursiones, me daba una especie de dentera. La claustrofobia se sufre con el mero imaginar que uno se atora en uno de esos pasadizos angostos y tienen que jalarlo.
Reconocí a Robin, envuelto en el humo de su pipa curva, a la sombra. Él me saludó con la mano, señal de que me recordaba. Era astrónomo y participaba por deporte en expediciones espeleológicas. Mi inglés de bachillerato daba para conversar. Una de las mujeres se había quitado el traje de goma y permanecía junto al fuego en ropa interior, sudorosa y embarrada. Su corpulencia la volvía intimidatoria.
Con vaguedad, Robin habló primero de la entusiasta acogida que en Oxford habían otorgado a sus investigaciones del año anterior en la cueva. Luego me contó que esperaban ese mismo día a Phil, el lampiño, en ferry desde Southampton a Santander, y desde allí directo a Rales en su célebre moto con sidecar, y cuando le pregunté por Güero Balmori me respondió que había estado la víspera con ellos, muy hablador, y muy poco deportista, según aclaró con un leve codazo. Pero ese día no le esperaban. Algo había dejado caer de un paseo hasta San Martín.
—¿Río abajo, hasta el Pozo del Bosque?
—Oh, no. No río: playa
Güero querría enseñar a alguien la única playa que se mantenía en su estado natural, sin carreteras ni aparcamientos, chiringuitos ni hoteles; sin otra huella humana que la avanzada ruina de una minúscula ermita.
De vuelta al casco de Rales, pasé por donde los tíos de Güero. En la huerta no había nadie. Un gato caminaba funámbulo sobre el barandal del corredor. Di dos golpes en la aldaba del portal entreabierto. Avelina Cué bajó las escaleras. Llevaba una mano sobre la otra a la altura del abdomen, en ademán de persona mayor.
—Juaco, ya viniste…
—Esta mañana mismo.
—Mis padres fueron a llevarle flores a la abuela. Murió hoy hace un mes.
—Vaya. No sabía…
Como por acuerdo tácito nos quedamos mirando una fotografía colgada sobre la chimenea. La abuela de Avelina se había embarcado con sus padres en 1911, camino de Australia. La foto estaba captada en el Musel gijonés el día de su regreso, en 1929. Retrataba a una mujer todavía joven, de facciones enérgicas, en cuyo rostro sonriente la veladura de las gafas aportaba un rasgo de melancolía.
—Si ella no hubiera vuelto, igual yo sería australiana.
—Puede ser…
Tras unos segundos fantaseando con pasaportes, pregunté a Avelina por su primo. Me confirmó que había estado la víspera, y que algo había dicho de acercarse a San Martín.
Prometí volver y seguir juntos el río hasta San Antolín. Quería que me contase su invierno en Oviedo pero tenía que sacarme primero la espina del comentario de Álvaro Riviera. Junto a Avelina no quería estar sombrío ni por asomo.
Emprendí a pie el regreso a Posada. Cuando empezaba a subir las curvas de la fuente paró la ranchera de Pin y, hasta el taller, tuve más descripciones de los grandiosos parques estadounidenses: Rocky Mountain, Mesa Verde, Bryce, Crater Lake…
Cuando ya me apeaba le pregunté:
—¿Y Canadá, Pin?
Meneó la cabeza, resopló sonriente, el volante agarrado con ambas manos:
—Canadá es el no va más, Juaco. Allá me voy en cuanto pueda.
Centrada la rueda, la zapata ya no frenaba, y la bici iba ligera. Normal… Pedaleaba suave hacia Barro. Frente a La Parrera había fondeado un yate considerable, de unos veinticinco metros y tres palos, bandera griega. En cubierta fregaban. Ordenaban cuerdas y velas gente de piel muy morena y dentadura muy blanca. Imaginé los camarotes lujosos, la navegación placentera, la improvisación de paradas en calendario libre.
Metido en ensoñaciones casi no vi a un tipo sentado ante la capilla de las Ánimas, concentrado en un cuaderno apoyado en las rodillas, pero nada más pasar el puente sobre el Calabres di la vuelta. Era uno de los suizos, sin duda. La misma cara pero en formato adulto.
—¡Jacques!
Levantó la vista del cuaderno. Al principio no me reconoció pero cuando le expliqué quién era se puso de golpe muy contento.
Jacques era ginebrino. De niño venía cada verano con su familia y se pasaban el día en la playa. Nos hicimos amigos y guardo fotos de los juegos juntos, con cubos y palas; de la pesca con zalabardos en las pozas de bajamar en las rocas.
Un año dejaron de venir porque su madre había enfermado, para largo. Ahora Jacques visitaba el escenario de sus veraneos luminosos. Ya no éramos niños. Él seguía flaco, huesudo, alto, desgarbado y rubio, de ojos azules muy vivos a los lados de una nariz bastante prominente. La desordenada melena lacia y lanosa, y la gabardina varias tallas mayor le daban un aire bohemio casi cómico. Cuando se puso de pie, las cortas perneras le dejaban los tobillos al aire. Tuvimos que hablar en inglés y mientras me contaba que había estudiado Música y era violinista reparé en que de niños nos comunicábamos mediante el lenguaje de los juegos, en el que las palabras tienen una importancia secundaria.
Jacques iba a permanecer aún unos días investigando sus recuerdos y quedamos en comer ternera asada y puré de patatas en el hostal de Evangelina dos días después.
Tras despedirme, por el camino noté (es corriente que la percepción se impregne) varios coches suizos cruzarse o adelantarme, distinguidos por las vistosas placas de matrícula, coloreadas por los escudos de la confederación y del cantón: Genève, Vaud, Basel, Luzern, Zürich, Bern, Neuchâtel… Algunos exhibían también pegatinas españolas en los cristales: emigrantes de vacaciones en casa. “No emburries, rapaz”, “Yo conduzco, la Virgen de Covadonga me guía”.
Al enfilar hacia Sorraos en el cruce, recordé que Celso Amieva había nacido en Barro pero llevaba cuarenta años fuera. Privado del contacto con la tierra natal, la había recreado en sus poemas y con ello había contribuido a forjar el espíritu del concejo. Eso se lo tenía que escribir a Álvaro Riviera cuando le mandase el libro: un lugar que tiene poeta y dimensión estética ya es culto, no aldeano ni ignorante.
Ante el hostal de Evangelina miré para ver si estaba Gertrude en el jardín, y sí estaba, leyendo entre las hortensias, envuelta en el aura resplandeciente de su propia belleza, como si un sol particular la iluminase y colorease aunque alrededor lloviera.
Con el buen tiempo, Gertrude llegaba de Alemania a reposar su perfección inaccesible, procedente del universo de los astros cinematográficos o de alguna otra esfera remota. Siempre sola, con movimientos elegantes paseaba, contemplaba las cimas del Cuera, leía revistas, se pintaba las uñas o rellenaba crucigramas. El arrebatador espectáculo de una semidiosa formada por la combinación idónea de armonía, proporción, vigor y elasticidad era graciosamente visible en los jardines del hostal, que los mortales bordeábamos girando el cuello y suspirando.
Casi atropellé a un peatón que caminaba por el medio de la carretera. Llevaba unos pantalones estrafalarios, poco más largos que bermudas, pintados a mano con garabatos fosforescentes amarillo y fucsia. Verlo obligaba a entrecerrar los ojos. Grité que se apartara (esto ocurría en décimas de segundo) y cuando se volvió vi que era Marco Massirio, el turinés.
—¡Pulpo, que vas por el medio!
Se encontraba apresurado, en un estado de exaltación.
Me contó que estaba haciendo la mili en Trieste, pegado a Yugoslavia. Le había tocado permiso de fin de semana y había venido a beber sidra con la pandilla de los Ballario, de Balmori: tres hermanos medio italianos amigos suyos.
—Llegué en autobús, más de un día haciendo escalas, Génova, Barcelona, Oviedo, cambiando de ruta y vehículo, estoy unas horas y tengo que volver porque el tiempo se acaba.
—Pero Pulpo, es una locura, una paliza. ¿Tienes una enamorada aquí?
—Sí, yo tengo una enamorada –se notaba que decía ‘io’ y no ‘yo’—: ¡Asturias!
Y casi gritando, llevado por la exaltación, añadió:
—¡Yo vendré a Llanes todos los años de mi vida, y si no lo crees, ya hablaremos dentro de veinticinco años!
—Vale, vale. Oye, yo sigo hacia Celorio…
—Yo voy al Serna en cuanto abran, y de allí parto a Italia.
—Ciao, Pulpo, ci vediamo.
—Ciao, Juaco, hasta la próxima.
En Troenzo se estaban formando poblados de rulotes y casas portátiles, con antena parabólica y caseta de perro y seto alrededor, como protochalets para fin de semana.
Igual que siempre, envidié la vasta finca de Azpiri. Me refugié allí mentalmente para superar la claustrofobia.
Por Celorio pasé rápido y me metí por calellas de carros hacia San Martín.
Helenio Herrera estaba en el balcón de su casa, quieto. Con la mirada puesta en el pico antenado del Mazuco, mostraba su perfil numismático. Para mi sorpresa, aquel genio ensimismado, Il Mago que había llevado al Inter de Milán a la estratosfera de la gloria futbolística, me saludó:
—¡Eh, chaval! ¡Qué tal vas!
—Bien, bien –contesté, deteniendo la bici, aún sorprendido.
—¿Qué tal Gonzalo?
Me notó vacilante e insistió:
—Gonzalo Suárez, “Martin Girard”…
¡Se acordaba de mí, de una vez que acompañé a Gonzalo Suárez a entrevistarle para un periódico deportivo, años atrás! Gonzalo me había embarcado para que llevase una cámara y me ocupase de sacarles fotos durante la entrevista. Yo no había dicho palabra en toda la tarde, cohibido por la fama de “Hache Hache”.
—Bien, bien. Está buscando escenarios para una película.
—¡Ah! ¿Y cómo se llama?
—No lo sé seguro. Por aquí ya hizo una que se llama “Parranda”.
—¡Parranda! ¡Ja, ja! Da recuerdos, chaval…
Se despidió levantando la mano y se retiró al interior de la casa.
Antes de proseguir, caí en que tal vez Güero quería enseñar San Martín a alguien en un clima íntimo. El lugar tiene una atmósfera muy romántica. Yo he llevado allí a alguna moza para sondear su sensibilidad. Temí importunar y la aprensión me pareció justificada. Debía haber caído antes en ello.
La luz indicaba que la tarde empezaba a declinar. Me había movido bastante y noté hambre. Descarté comer algo en Celorio y salí a la general para volver derecho a casa. Hasta coronar la cuesta del cementerio de Posada, por las rectas llanas todo iba bien, pero bajando a San Antolín casi me mato porque el freno había quedado con demasiada holgura y apenas frenaba. En alguna curva a la izquierda la máquina se me lanzaba y tuve que poner suela en la cubierta de la rueda. Con semejante tensión me cansé más que en todo el día junto, y me metí a Naves, a comer algo en el patio de Casa Raúl porque ya no tenía fuerzas hasta Villahormes.
Allí estaban los Ardisana tomando café con una chica, y me hicieron señas para que me sentara con ellos. Expliqué que todavía me faltaba comer y que ya me uniría después a su reunión. Entonces avisaron al dueño y le encargaron mi comida para su mesa.
La chica, Dolores, vivía en la Unión Soviética. Su madre, de Nueva, era uno de los niños de la guerra. A los diez años fue a un campamento de vacaciones a las afueras de Moscú. Al caer la República, se quedó allí porque sus padres, maestros de ideología izquierdista, fueron encarcelados y condenados a muerte en 1940.
La madre de Dolores se había formado con otros niños españoles. Estudió en la universidad rusa y se hizo catedrática de Sociología. Se casó con un profesor de Psiquiatría georgiano. Dolores estudiaba Lingüística y era extremadamente seria. En la media hora que tardé en comer las croquetas de mejillones y el pollo al ajillo, atento a la conversación además de saciar el hambre, no la vi sonreír una sola vez. Era muy guapa, pero de una seriedad cortante. Hablaba bien español, por lengua materna. Estaba de viaje con el fin de rastrear a sus abuelos. Le irritaban las dificultades que encontraba al intentar consultar documentación sobre los juicios, por llamarlos de algún modo, que habían sentenciado a muerte a sus parientes. El reflejo de esa molestia no terminaba de explicar su seriedad, que era profunda, estructural. Su fría inteligencia analítica la volvía misteriosa, y el flequillo negro, que le tapaba en parte un ojo, lo acentuaba.
Dolores resultaba muy atractiva, pero difícil de tratar. Los Ardisana se enredaron en una discusión sobre Stalin. Ella exponía que la población de la URSS estaba contenta con el régimen soviético y admiraba a Stalin como el gran estadista y pensador que fue. Pablo Ardisana decía que no lo creía, y su hermano Juan no hacía falta que dijera nada porque se le veía en la cara. La conversación se tensó y yo por suerte me libré de entrar porque estaba ocupándome del postre. La mención del Gulag marcó el límite de la discusión. A partir de entonces, Dolores pasó a comportarse con ostensible cautela, como si se hallara entre enemigos, en peligro, y aprovechó un languidecimiento de la charla para despedirse.
—Volveremos a verla, aunque es bien antipática la moza –dijo Pablo al cabo de un rato.
—Pero bien guapa: ya aparecerá quien derrita su hielo –completó Juan.
Después de un café les conté el argumento de mi jornada, la búsqueda de Güero Balmori para averiguar dónde hacerse con un ejemplar de los “Poemas de Llanes” y enviárselo a Álvaro Riviera, y les conté asimismo quién era Álvaro Riviera, y la razón de querer enviarle el libro.
Los Ardisana cruzaron una mirada de consulta.
—Pues nosotros hemos quedado ahora en el chigre de Milio Muñoz con Güero, así que canda la bici a un árbol y te vienes con nosotros.
El Citroen azul iba botando aparatosamente en cada bache. Juan conducía con la cámara fotográfica en bandolera y Pablo, apoyadas las manos en el cayado del bastón, como un narrador de los tiempos antiguos hablaba de los sitios cantados por Celso Amieva en sus poemas, cada aldea y cada parroquia, sitios que había engastado en la estirpe céltica de las leyendas y tradiciones vivas de la comarca, pobladas de náyades y xanas, güestia y cuélebre y trasgos, pericote y corri-corri, foguera y magüesto, nuberu y antroxo, y xíriga..., y un torrente más de símbolos que me emborracharon.
También habló de la amistad que en México tuvo Celso Amieva con la familia de Güero. Gracias a ello éste conocía unas memorias sobrias y modestas en las que refería, con el estilo más digno, los pormenores de la deportación, los campos franceses de refugiados, las tareas de reorganización políticomilitar en Tolouse, durante largos años previos al traslado a América, y luego a la URSS, y esas memorias de Celso Amieva iban a salir a la luz en Oviedo.
Todo eso, pensaba para mí, se lo tengo que escribir a Álvaro Riviera. Donde hay poesía no hay aldeanismo, pero si además hay historia y épica, mucho menos todavía.
Llegamos a Posada y vi la pelambre rubia y rizosa de Güero, que salía de comprar tabaco en La Favorita.
—Qué pasó, Juaco. Ya llegaste.
—Ya ves, Güero: aquí estamos.
Entramos en Casa Alejo haciendo la comedia de cederse el paso repetidamente en la puerta, y accedimos a una sala interior. Los Ardisana ya habían entrado, y los Villaverde, Juan Carlos y José Luis, también ocupaban sitio en torno a la mesa. En una esquina, un muchacho se dedicaba a dibujar. A su lado, un señor de brazos cruzados se le parecía tanto que debía de ser su padre. Reconocí la barba de Toño Llaca, entre otros numerosos reunidos.
Uno de ellos era un hombre mayor, de abundante pelo blanco en la parte superior del cráneo, el rostro flaco y afilado como lo son algunos pájaros vivaces. Vestía americana gris y camisa oscura abotonada hasta el cuello que le daban un toque venerable. Posaba ante sí las manos entrelazadas, sobre la mesa, y observaba entregadamente cuanto hacían y decían los demás congregados.
—Celso, este muchacho es Joaquín Benzúa, futuro periodista.
Aquel hombre concentró en mí su atención y, sin comentario alguno, me estrechó con fuerza la mano.
Desde ese momento no tuve nada que decir, sólo escuchar cuanto allí se hablaba.
Celso era parco y había que tirarle de la lengua con preguntas precisas. No me fijé en el detalle de lo explicado, aunque le escuché contar cómo había preparado la traducción y publicación en Moscú de “Tiempo de silencio”.
Había vuelto unos días para caminar por su tierra natal cuarenta años después de abandonarla por la fuerza.
Ya no temía que lo capturasen los fieles a un Franco recién fallecido.

No me preocupé más de lo que iba a escribirle a Álvaro Riviera, ni de los desconocidos atractivos cosmopolitas del hervidero turístico levantino, porque durante aquellas horas empecé a comprender que me hallaba en la ribera del Bedón, Llanes, un sitio del Universo, y no tenía tiempo para poner la mente en otra parte.

Junio de 2004