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Apuntes de cine

TRILOGÍA DE APU

PATHER PANCHALI (1955)
Satyajit Ray

APU DE LOS GRANDES OJOS

“Pather Panchali” fluye majestuosa como un ancho río, como el Ganges que atraviesa Bengala y vivifica su tierra.
Como el curso de la vida: espacio donde confluyen por un tiempo las existencias de los personajes, unidos por parentesco, por vecindad…
El curso de la vida recreado en 16 mm, con cuatro rupias, serena, amorosamente, sin agitación ni prisas. No hay necesidad de conducir los acontecimientos: van solos, al mar. La cámara lo capta. Parece que sin intervenir. Es engañoso: hay narrador, hay ojo subjetivo, con formación plástica; hay mirada, pero tan inmersa en la corriente que desaparece en ella, absteniéndose de comentarios y subrayados, entregada, como la atención maravillada del niño Apu ante la función de los cómicos ambulantes, el concierto de la banda musical o el paso humeante y ruidoso del tren.

La primera película de Ray une la lírica meditativa de su maestro Tagore y la fuerza expresiva del neorrealismo europeo, logrando una síntesis universal.

La mirada de Ray es devota de la vida, enamorada del cine e infinitamente respetuosa con el espectador, a quien no intenta seducir.
Dignifica la existencia de una familia que malvive en el campo bengalí, castigada por la miseria, en condiciones de dureza por momentos estremecedora, muy dolorosa.
Induce a la contemplación compasiva, acogedora, exenta de tremendismo.
No se centra sólo en los seres humanos: también en la naturaleza de la que forman parte y con la que luchan para sobrevivir, peleando cada grano de arroz.

La mirada de Ray es la de Apu, el niño de los incansables ojos abiertos.
Para que sea también nuestra, nos la regala en esta maravillosa película.

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APARAJITO (EL INVENCIBLE) (1957)
Satyajit Ray

LLAMA EL CONOCIMIENTO

Satyajit Ray creció con ambas culturas, bengalí y occidental, en el horizonte. Su padre era pintor y músico, y su madre una mujer cultivada. En los 40, Calcuta estaba llena de militares estadounidenses y se proyectaba todo Hollywood. Ray lo admiraba: cómico mudo, western, negro… Y el soviético y Flaherty, aunque la mayor influencia fue Tagore, en cuya escuela se formó. Cuando fundó el primer cineclub de la India, en 1947, trabajaba como dibujante publicitario. En 1950 ayudó a Renoir durante el rodaje de “El Río”. A la vuelta de una estancia profesional en Londres, empapado de neorrealismo y demás corrientes, tenía cuajado el proyecto de Apu a partir de una novela que había resumido e ilustrado.
La filmación de la primera parte duró casi tres años por problemas financieros, con parones de meses. Un préstamo sobre un seguro de vida y una subvención oficial sirvieron para terminar, sin ganar una rupia. El respaldo de Cannes permitió afrontar esta segunda parte con recursos nuevos, como la luz rebotada en pantallas.

Apu emigra con sus padres a Benarés, huyendo de la miseria de la aldea. El tren es la red arterial del país, un símbolo del cambio. Al anochecer se oye el silbido, y la silueta del convoy se recorta contra el horizonte, escribiendo en el poniente con el hilo de humo.
Aunque en toda la película sólo se ve un automóvil, en la ciudad milenaria la vida hierve. Son constantes los festivales religiosos. A orilla del Ganges sagrado, al pie de las escalinatas, la actividad no cesa: baños y abluciones, meditación y rezos; ascetas y gimnastas, fakires y santones, saltimbanquis, sanadores y animales en callejas estrechas, dédalo medieval en cuya vida colectiva lo material es secundario.
El padre consigue pacientes a quienes vender remedios herbales, y alumnos a quienes recitar sutras.
Apu se adapta. Corretea, curiosea, abierto y receptivo, inmerso en el mundo nuevo. La vida espiritual palpita junto al Ganges, pero las humildes barriadas son demasiado insalubres.
Cuando vuelven a la vida rural, Apu brilla en la escuela y a los 16 consigue una beca para estudiar en Calcuta, en inglés. Su talismán es un pequeño globo terráqueo. Le fascinan las curiosidades científicas: la vida en el Polo Norte, la exploración del África Negra, el eclipse lunar...
La devoción por el conocimiento le alejará de su madre, personaje central interpretado portentosamente por Karuna Bannerjee.

Como resultado de la esmerada elección de cada plano, la vida es filmada con sencillez y seriedad totales, rebosante de una profunda belleza, que no es occidental ni tampoco solamente oriental sino universal, como el maravilloso Ravi Shankar.
En esta segunda entrega del ciclo pasa de nuevo la vida. Ray la capta y recrea a fondo, cuando en otras zonas culturales del planeta queda fuera del alcance, no cabe en las formas vacías o gastadas.

La captación de la vida y la muerte en una película es siempre un fenómeno milagroso. Se da en una de cada mil, o diez mil, o más…

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EL MUNDO DE APU (1959)
Satyajit Ray

EL DOLOR DE VIVIR

La película que cierra la trilogía comienza con Apu convertido ya en hombre de letras, como acredita un certificado manuscrito en la primera imagen.
Enseguida vemos a Apu dormido sobre unas cuartillas, el tintero volcado, manchando la cama, en una habitación cochambrosa, junto a la estación de tren.
Lleva existencia de bohemio, atrasado el alquiler, dando clases particulares para sobrevivir lo justo mientras escribe una novela semiautobiográfica (como en el libro de Bibhutibhushan que sirve de base a Ray), alérgico a cualquier trabajo de oficina, con horario fijo.
Por intervención de su amigo anglófilo conocerá el amor conyugal, junto a una esposa joven y alegre, y también la paternidad.
Y la acumulación de muertes cercanas quebrará sus ganas de vivir. La aceptación de las cosas como vienen, actitud reinante en las películas de la trilogía, se vuelve casi imposible. Hay dolor y rebelión, en tono trágico, y un vagabundeo de alma en pena.

Más introspectiva y menos paisajista que las anteriores, “Apu Sansar” es por ello, y también por la desenvoltura técnica adquirida, con amplio repertorio de movimientos de cámara, la más europea. La contraposición al cine indio se hace explícita al citar una película ‘Bollywood’, vidas de dioses en tono popular, entre rudimentarios efectos especiales. En magistral transición, la pantalla de la sala donde se proyecta la cinta se convierte en ventanilla del carruaje en que los jóvenes esposos regresan a casa.
La trilogía está sembrada de detalles visuales que permiten articular una sabia narración, cargada de sugerencias a partir de los elementos justos, bien escogidos. Ahí está esa horquilla vibrante de significación erótica sobre la almohada nupcial.
Así alcanza inusitada fuerza poética un relato que profundiza con elaborada sencillez en la vida del hombre, hasta alcanzar sin patetismo la esencia de dolor y goce alternantes que la forman.

Lupo