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Apuntes de cine

UN DÍA EN LA VIDA DE ANDREI ARSENEVITCH (2000)
Chris Marker

EL ARTISTA COMO HÉROE SOLITARIO

A partir de un vídeo grabado durante el rodaje de “Sacrificio” en Gotland (ya usado por Sokurov en su propio trabajo biográfico: www.filmaffinity.com/es/film163373.html), Chris Marker, cuidadoso documentalista y montador, repasa sintéticamente algunas claves del cine de Tarkovsky.
En ese rodaje, meses antes de manifestarse la enfermedad mortal, se ve al director ruso totalmente enchufado, el rostro aplastado contra el visor de la cámara, por momentos sobrepuesto a la adversidad del exilio, y animado por una “alegría sobrehumana”.

La principal clave es la presencia de los 4 elementos, preferentemente el agua. Hay en el rodaje un complejo plano, el del incendio, en que intervienen integrados los cuatro, lo que exige ‘por imperativo metafísico’ una sola toma, de enorme dificultad técnica.
A diferencia del cristianismo católico, el ortodoxo, libre de enemistad hacia la naturaleza y el cuerpo, tiene con las fuerzas elementales una cercanía casi panteísta.

Un objetivo de Tarkovsky era situar el cine al nivel de las otras artes, aspirando como la pintura o la música a la belleza pura. Ambas aparecen mucho en sus películas, en especial Leonardo y Bach. Dedicó una al pintor de iconos medieval, Andrei Rublev, a quien sorprendentemente conectó con las vanguardias rusas del XX, el Constructivismo en particular.

El espejo, como una metáfora del autorretrato misterioso, también es frecuente en sus cintas, y da título a la más autobiográfica de todas.

Así como en el Hollywood clásico el plano más usual es ligeramente contrapicado, para que las figuras se recorten contra el cielo, Tarkovsky tiende a fijarlo en un punto algo sobreelevado, entre cielo y tierra. En instantes extremos la cámara mira desde el picado absoluto, como en la fabricación de la campana en “Andrei Rublev”, el apocalipsis final (“Sacrificio”), o el vuelo alzado en perpendicular desde la isla (“Solaris”): una mirada por completo exterior y desde la altura, que Marker relaciona con la del Pantocrator juzgador.

En el salteado repaso de las 7 películas de Tarkovsky (cantidad predicha por el espectro de Pasternak en una sesión de espiritismo) se observan más constantes: la figura de la ‘otra orilla’, sobre todo en “La infancia de Iván”; la levitación, repentina e inesperada; la hierba silvestre y en desorden; las entidades espirituales que se comunican enigmáticamente con la conciencia, como La Zona, o como el océano viviente de Solaris…

Al igual que en el film de Sokurov, se ve a un Tarkovsky ya deteriorado por la quimioterapia dirigiendo el montaje de “Sacrificio” desde la clínica parisina, entre heroico y conmovedor. Son los últimos días de un creador que se sintió extranjero en esta Tierra y lo expresó con rara y profunda poesía, semejante a un ‘yurodivi’ de la tradición rusa, figura del loco santo, sabio inocente y puro, como el príncipe Mischkin, “El idiota” de Dostoievski.

Lupo