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Apuntes de cine

EL ROMANCE DE ASTREA Y CELADÓN (2007)
Eric Rohmer

SESIÓN PASTORIL

Rohmer era ya viejo, entrado en años, y quiso hacer una película más. Ya le preocupaba menos la mentalidad de sus contemporáneos, que había filmado en sus numerosos cuentos y comedias, obras en que conseguía con mano maestra un singular efecto de espontaneidad intacta, sirviéndose para ello, paradójicamente, de la planificación meticulosa de cada detalle. Gracias a tan perfeccionado dispositivo pudo tratar con sencillez profundos temas filosóficos y sentimentales.

De vez en cuando, para descansar del trajín de su época, se apartaba Rohmer hacia el pasado y, con igual o mayor meticulosidad, filmaba argumentos históricos, sacados de clásicos literarios. No los adaptaba ni actualizaba, era él quien se trasladaba al tiempo de la obra escogida. Habiendo concluido satisfactoriamente el ciclo de los cuentos estacionales, por las raíces europeas se alejó de su siglo hacia los tiempos de la Revolución Francesa, con “La inglesa y el duque”, y hacia los de la Guerra Civil española, con “El triple agente”. Pero quiso luego alejarse aún más de las preocupaciones históricas y se dirigió hacia un mundo idílico y resplandeciente. Otros se adentraban con sus cámaras en los tebeos de ‘Los Picapiedra’ o en la serie de ‘Embrujada’, y el viejo Rohmer quiso entrar en el artificioso y estetizante mundo pastoril.

Escogió un capítulo entre los miles y miles de páginas de la voluminosa novela “L’Astreé”, y se alegró su viejo corazón al hallarse de nuevo en un luminoso bosque compartido por deidades grecolatinas, ninfas bulliciosas y refinados pastores virgilianos, ermitaños y druidas veneradores del muérdago, todos ellos dotados para la música y el verso, y dados a expresarse con modos cultos y ponderados.
Conduciendo con gran arte a los cándidos personajes, a través de las peripecias veleidosas de la fortuna, hacia una elevada felicidad amorosa o hacia un suave y sereno retiro en la amable naturaleza idealizada, e inspirándose en los cuadros de Poussin, Watteau, Claudio de Lorena o Puvis de Chavannes, Rohmer recreó con deleite un platónico orbe de prados, arroyos, estanques, fuentes, árboles y chozas, todos primorosos; el de las églogas garcilasianas y la Diana de Montemayor.
Entre pinturas barrocas y jardines geométricos integrados en el bosque, puso a sus personajes a tratar cándida pero seriamente asuntos de amor, moral y teología. Con permisividad les dio una inocencia ajena al pecado, y también picardía y sensual morbosidad para travestirse o dejar caer las ropas en juguetona negligencia.

Todo lo dirigió el viejo Rohmer con maestría. Trató el universo más ficticio con la mayor naturalidad, haciendo parecer sencillo lo barroco una vez más, y lo legó a sus seguidores, a todos en general, como un bello y desenfadado regalo artístico, quizá el último.

Lupo