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Apuntes de cine

LA BANDA DE LAS CUATRO (1988)
Jacques Rivette

DURO APRENDIZAJE

Las alumnas de la selecta escuela teatral de Constance Dumas, en París, practican la interpretación, el fingimiento controlado.
Constance no admite a cualquiera: exige compromiso, entrega sincera al aprendizaje, estar a la altura. También pagar con puntualidad la cara cuota.
Las alumnas ensayan sobre el escenario y viven la vida diaria. Pero también ensayan en la vida diaria, y viven sobre el escenario. Pasan sus días entre el teatro y la casa, una vieja mansión en las afueras, en continuo viaje de ida y vuelta. En el ir y venir, con la presión del aprendizaje, las identidades se replantean, entran en crisis. A continuación, se disuelven o se reafirman. Es la experiencia de lo teatral.

Cuando un director de cine se encuentra cómodo con lo que filma, se nota: lo contagia a su obra, y la película respira gusto y vitalidad, se despliega prometedora.
Rivette comienza a contar la historia de cuatro estudiantes que comparten la casa. Están preocupadas por una quinta estudiante, Cecile, quien se va a vivir con un hombre de identidad misteriosa. Aparecerá otro hombre, inquietante, que avisa de lo peligroso de esa relación.
Pero Rivette no se limita a ir proyectando la intriga en línea recta hacia su desenlace.
Se entretiene en los detalles, no tiene prisa. Se recrea en el contenido de los ensayos, los titubeos de las alumnas en sus papeles, las relaciones entre ellas, la transferencia de sentimientos, las inteligentes indicaciones de la profesora que modela a sus discípulas...
Se recrea en todo ello. Convierte la crisis de Cecile, la quinta alumna, también en drama. Especula sobre la fiabilidad de las apariencias, sobre el peso de la simulación. Lo quieran o no, las personas son personajes que ejecutan roles. Cuanto ocurre obedece a deliberada puesta en escena, a estrategia de espejos.

La película presenta una rica galería de personajes, cuyo trasfondo sorprendente hace imprevisible cada paso; presenta asimismo interpretaciones destacadas, en especial la de Bulle Ogier, formidable; y una bella fotografía, de colores matizados y elegantes... Avanza en varias direcciones, tejiendo en la trama hilos de géneros distintos, y llega hasta el minuto 160 manteniendo una atmósfera poderosa e hipnótica, aunque haya pasajes de juegos teatrales que tal vez se prolonguen en exceso.
No obstante, queda plasmada una absorbente realidad, que tan pronto parece naturalista como surreal y soñada.

Es el toque de este director, siempre atípico.

Lupo