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Bedoniana

Campos magnéticos

I

Tras dos años en Nueva Zelanda, en la oficina de prensa de una multinacional española, volví al concejo.
Reducido el equipaje a una bolsa, grande pero manejable, había alquilado un coche en Barajas y había conducido todo seguido, con una sola parada, en una gasolinera donde combatir el ‘jetlag’ a fuerza de café doble.
Sobrepuesto al cansancio, la visión de los Picos de Europa desde el llano de Los Carriles me parecía irreal por el brillo y por el dibujo nítido de las cumbres. Con alguna extrañeza, pensé que horas atrás aún me encontraba yo en las antípodas, y que tal vez estaba viéndolo a medias desde allí.
“A lo mejor los sentidos no viajan tan rápidos como los aviones”, me dije.
Pero tales consideraciones no alcanzaban a explicar la persistente sensación de irrealidad, cuyo fundamento no acababa de ver claro del todo.
Al fondo de la panorámica, la vieja e imponente cordillera aparecía pintada con lunares de nieve en sus muros anaranjados, y el dentado perfil se recortaba exacto contra el cielo.
El efecto de parpadeo duró una milésima y tuvo algo más eléctrico que mecánico. La primera vez lo atribuí a la fatiga cerebral, pero a la segunda me pareció que aquel brinco sutil y fugaz de la imagen ocurría fuera de mi cabeza.
Cuando lo comenté, extrañado, los acompañantes entraron en un silencio largo, nervioso. Del brazo me llevaron suavemente al coche. Bajando a Cardoso, mientras intentaban responderme se notó en el interior del vehículo una incomodidad desconocida. El olor a eucalipto, que llenaba el tramo de las curvas, no la calmó.
Es una imagen virtual, oí que me decían.
—Se recrea en un campo magnético generado por unas máquinas diminutas, camufladas entre los bardales.
¿De qué demonios me hablaban? No encontraba palabras para replicar o continuar preguntando.
—Así los Picos se ven siempre, aunque los verdaderos estén cubiertos de nubes —seguían explicándome.
—Es un sistema nuevo, en fase de prueba. El Principado lo contrató el año pasado a una compañía canadiense.

II

Al pasar Villahormes me seguían explicando, muy serios, en voz baja; no como si fuera un secreto, pero tampoco para andarlo pregonando.
¿Habían visto Matrix, o estaban de broma?
—Tanta gente viene por el reclamo del paisaje paradisíaco, ya sabes; que si las playas, el verde, los Picos…
—Las inmobiliarias no paran de construir y anunciar, la gente no para de comprar y alquilar…
—Y claro, de alguna forma hay que garantizarlo…
—Compran un adosado, y cuando ya se han entrampado en la hipoteca viene un verano metido en aguas, llueve una semana entera, y se quejan. Que si la ropa no se seca, que si con los niños todo el santo día metidos en casa, que si no hay playa… Y protestan y andan malhumorados, echando humo.
“¡Coño, qué poca coherencia!”, pensé. “Si les gusta el tiempo seco, que vayan a Almería, o a Alicante”.
—En los días de temporada más alta, en pleno verano, se activan otros campos magnéticos, que sirven de techo para neutralizar la lluvia. En el interior de ese campo semiesférico se proyectan imágenes de paisajes soleados y cielos azules de tan alta definición y tan perfectas que nadie las puede distinguir de las reales.
—El dispositivo se ha desplegado en los puntos más concurridos: la villa, determinadas playas, los Lagos y Covadonga…
—¡No me jodas!

III

Aturdido, caminé hasta San Antolín. Pasé al arenal por debajo de la vía del tren y enfilé hacia Pestaña. Necesitaba comprobar que aquello era real, que la belleza del sitio, pese a la autovía y el hormigón incrustados, no era un tinglado virtual superpuesto.
De momento, la sensación de frío al cruzar las gélidas aguas del Bedón fue bastante real.
Y el daño de las piedras en las plantas descalzas, también.
Como real era la sensación de arrastre en el mar cuando me metí entre las olas, al aparente abrigo de la Punta.
Y bastante real el modo de tirar la mar con las redes de sus remolinos, y el instante de miedo al recordar de pronto tantas historias de bañistas incautos.
Y no digamos cuando veo la sombra de un congrio culebrear hasta mí como una centella, engancharme una manga en los dientes temibles, tironear…

IV

Mundo estaba ante mí, en la terraza de Casa Raúl, en la silla vecina a la mía. Me había agarrado una manga y me zarandeaba.
—Quedaste traspuesto, Joaquín.
—¿Qué… qué pasa?
—Y algo andabas soñando, porque murmurabas y te agitabas.
—Todavía no me recuperé del viaje, ni del cambio de horario, disculpad…
—Estábamos comentando lo bien que se veían hoy los Picos desde el alto del cementerio, viniendo de Posada.