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Apuntes de cine

CORREDOR SIN RETORNO (1963)
Samuel Fuller


EL VAIVÉN DE LAS VOCES

Sobre texto propio, Sam Fuller produce y dirige con característica vehemencia un drama claustrofóbico: la arriesgada investigación de un periodista que, empujado por el ansia de éxito, se empeña en aclarar un caso abierto de asesinato. Fingiendo desequilibrio, se infiltra en un hospital psiquiátrico para contactar con tres testigos del crimen.

A la intriga creada por el tenso desarrollo de la investigación (dificultad de obtener datos de los testigos; simplemente, de comunicarse con ellos) se añade la creada por el riesgo de adentrarse en los terrenos de la locura: si ese riesgo acabará siendo excesivo, o no.

Visualmente potente y rica, llena de planos vigorosos que se organizan con ritmo enérgico (y alguna tosquedad en el montaje: abundan los fallos de raccord), el intríngulis del argumento pasa, sin embargo, por el juego de las voces.
En la película, la enfermedad mental se manifiesta como multiplicación y descontrol de esas voces, voces que se adueñan de un sujeto y, como vienen, se van, dejándolo a merced de otras que lo ocupan y tiranizan.
En el psiquiátrico, las conciencias tienen voz intermitente. Cuando se eclipsan, manda el griterío, el cántico compulsivo, el monólogo delirante. En ese fracturado coro resuenan el discurso racista, la soflama patriótica, el fanatismo de la investigación nuclear armamentista.
Fuller denuncia lo patológico de estas fuerzas.
En medio de ese vaivén de voces, el periodista busca las que atestiguan el crimen. Su propia voz, a cuyo diálogo interno el espectador tiene acceso, es sometida a una tensión perturbadora, pudiendo inhibirse y hundirse en la afasia cuando más falta hace su clara articulación.

Fuller ingenia recursos: superpuesta como pequeña hada, en el insomnio del periodista se aparece la imagen de su mujer, que le habla y canta.
Y en notable gesto vanguardista, el director inserta fragmentos documentales en color, ilustrando determinados raptos de lucidez en medio de la oscura demencia.
Hay buena psicología en el guión*, pero la parte psiquiátrica se elabora mediante rápidas pinceladas terminológicas y unos retratos de Freud y Jung en la pared.

Con cierto paroxismo, se despliegan peleas de ‘saloon’: series de puñetazos de largo recorrido, con derribo de mobiliario.

Fuller se vacía apasionadamente en la creación de la película; con sus virtudes y defectos, pero en todo caso dotándola de vibrante autenticidad. Incluso transfiere algún detalle autobiográfico al protagonista: el ingreso en un gran periódico como botones, siendo un chaval de 13 ó 14 años, para emprender carrera de reportero.

spoiler:

(*) Aunque, en extraño error, durante las visitas hospitalarias la pareja, que finge ser de hermanos (y ella ha denunciado los ataques incestusos de él), se comporta ante la mirada indiferente de los celadores como el matrimonio que son: se abrazan, besan y tocan con temperatura sexual.

Lupo