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Apuntes de cine

EL IDIOTA (1951)
Akira Kurosawa

EL SANTO EPILÉPTICO

En “El Idiota”, Dostoievski quiso dibujar un ideal de hombre positivo, excelso, de alma pura e inocente, abierta y compasiva, sin cerrazón egoísta.
Con el príncipe Mishkin cuajó un arquetipo como el Quijote, Don Juan, Hamlet o Edipo. En la tradición rusa de los ‘iurodivi’, los locos santos, Dostoievski le situó al final de un linaje aristocrático cuyo refinamiento contrastaba con la corrupción de una nobleza entregada al afán de lucro. Enfermo de epilepsia, el antiguo ‘mal sagrado’, antes de regresar a una vida normal había pasado varios años en un sanatorio suizo. Ya en el tren coincide con un joven temperamental y violento, el primero de los personajes apasionados que lo buscarán como testigo de sus inflamados actos; que lo reverenciarán, detestarán, amarán y odiarán por celos, en un constante vaivén de turbulencias muy apropiadamente comparable a una montaña rusa.
Dostoievski conocía en primera persona la epilepsia y supo transferir a su personaje el momento singular de la enfermedad, los culminantes instantes de lucidez previos al ataque, semejantes a un éxtasis o iluminación, y también la terrible fragilidad por la vecina locura.

Aun siendo larga la película (hay dos versiones, y la breve dura casi tres horas), Kurosawa sintetizó mucho el argumento, repleto de incidencias, y reflejó con acierto lo esencial, si bien el perfil del protagonista sufre radicales modificaciones: no es un exquisito príncipe ruso sino un soldado japonés, Kameda, que tras la IIGM es devuelto a casa desde un hospital americano. El trauma de un simulacro de fusilamiento le provocó epilepsia y lo volvió aparentemente idiota, en el sentido de inocente y falto de malicia más que en el de deficiente.
(Este detalle del fusilamiento fingido lo tomó Kurosawa de la vida de Dostoievski quien, como prisionero político, padeció la experiencia y sufrió por ello la enfermedad epiléptica de por vida.)
Ya en el tren, Kameda va encontrando a los equivalentes japoneses del reparto novelesco: el ya mencionado joven temperamental, la cortesana que esclaviza corazones, los parientes influyentes, el secretario bobo de solemnidad, el burócrata servil, la joven de espíritu ardiente… personajes todos que abren el alma en llamaradas emocionales.

Kurosawa, el más occidental de los directores orientales, busca un terreno común a ambos mundos. Rusifica el paisaje, un insólito Japón bajo nieve continua por el que se circula en trineo, y añade corales eslavas y pasajes de Mussorgsky. La devoción por John Ford es patente al describir la vida familiar. La madre parece estar prestando colaboración desde cualquier película fordiana.
Lo oriental es perceptible en el ritmo parsimonioso. En consonancia con las tormentas pasionales, hay circulación e intercambio de miradas que se prolongan durante minutos, con carga eléctrica.

El ahondamiento del director consigue mostrar palpitante ese corazón puro que despierta en los demás la conciencia de que la bondad no es una quimera.

Lupo