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Bedoniana

La noche de los intrusos

Voy a contar algo que viví hará unos veinte años aunque hoy todavía no sé bien en qué consistió. Hasta la fecha, sólo he comentado aquello con Hortensia, Hortensia Menéndez, porque compartimos la experiencia, pero con nadie más ha sido posible hablar sensatamente del asunto.
Intentaré aclarar el enigma.
Yo estudiaba en Madrid el último curso de Periodismo y ese año se había matriculado una estudiante nueva, procedente de Bélgica, Hortensia Menéndez. Aunque pronunciaba con sutil acento francés era española, según supe en la primera conversación. Lo sorprendente era que había nacido en Asturias. Y cuando quise saber en qué parte, la sorpresa se multiplicó:
—En un pueblín del Oriente llamado Celorio —me contestó Hortensia.
—Ambos somos llaniscos entonces —le dije—, aunque de distintas parroquias.
Los padres de Hortensia habían emigrado a Bélgica siendo ella muy niña. Para pagar el viaje vendieron una casina y la poca tierra que la rodeaba, y se establecieron en Brujas, donde el padre encontró empleo en una fábrica de electrodomésticos. Allí se crió Hortensia hasta que, una vez en la universidad, consiguió una beca para proseguir estudios en España.
Al sabernos paisanos trabamos amistad. Cada día hablábamos del concejo, aunque nada más fuese una mención de pasada, pero útil para fortalecer nuestra complicidad.
Madrid ofrece muchos alicientes a unos estudiantes despiertos. Entre películas de cineclub universitario y manifestaciones callejeras escapábamos a Casa Mingo. Con queso, sidra y pollo en la mesa nos lanzábamos a evocar los rincones llaniscos (ella con exaltada fantasía, yo con detalle y precisión). En aquellas horas congeniábamos especialmente.
Hortensia guardaba de su Celorio natal recuerdos muy intensos, pero apoyados apenas en la escasa colección de fotos pegadas en el álbum familiar. La boda, la niña Hortensia junto a un carro firmado por los Talleres Avín, los vecinos engalanados ante el monasterio benedictino el día del Carmen…
—La nostalgia les abrasaba. Se quitaban de encima los recuerdos como quien espanta a un perro mimoso al que en el fondo se quiere —explicaba Hortensia al referirse a sus padres.
Hortensia Menéndez había abierto los ojos a orillas del Cantábrico, al pie del Cuera, y se creía marcada por lo singular del sitio.
Pensaba Asturias y sentía el olor a cuchu, el relincho de la mula revolcándose ante la cuadra, el fragor de la oscura mar invernal, el goteo fijo de la lluvia en la tenada, el castillo de piedra gris, la luz gloriosa de mayo en las faldas del Mazuco, el pestazo del ocle apilado en los arenales…
Con esos recuerdos había construido un mundo poético, un país que albergaba un solo ejemplar de cada cosa: una playa, una montaña, una villa, un bosque, un castillo, un río… todo a imagen de su idealizada Asturias oriental.
Una vez en España, ansiaba conocer ese mundo original, aunque temía compararlo con el escenario verdadero.
—Me emocionan los paisajes de las películas de Gonzalo Suárez —confesaba, entornando los ojos.
—Gonzalo Suárez recorta y pega para crear su mundo. En sus películas entras a una casa por Lledías y sales por la ría de Niembro.
—O por la Costa Brava, ja ja…
Aludía a Morbo, protagonizada por una pareja a la que no nos parecíamos.

A mediados de junio las clases habían terminado. Con los parciales aprobados, ni Hortensia ni yo estábamos obligados a los exámenes finales. El curso estaba concluido hasta octubre, señores; momento idóneo para una vuelta por la tierra de los antepasados.
El afán de Hortensia era pisar suelo de Celorio y alrededores, de modo que la casa de mi familia en Villahormes no le decía nada. Por otra parte, era aficionada a la acampada, que en Bélgica practicaba a menudo, así que el plan mejor consistía en plantar durante unos días en San Martín la tienda Artiach que mis hermanos y yo guardábamos en el desván para cuando, de tarde en tarde, íbamos a los Picos.
En casa les pareció cosa de hippies.
—A la vuelta dejas la tienda donde estaba —dijo Avelino, mi hermano mayor.
De modo que a mediados de junio, y tras pertrecharnos en casa, Hortensia y yo montamos en el FEVE, de Villahormes a Celorio, casi el mínimo trayecto en la línea, pero un desplazamiento considerable: pocas estaciones más allá, sí, pero muchas playas más allá.
Desde la estación de Celorio, y con las mochilas cargadas, anduvimos por caminos de carro hasta San Martín, sin ver a nadie.
Para plantar la tienda escogimos un prado encima del arenal del Portillo, un rincón poco visible. De haber estado baja la marea tal vez habríamos parado junto a la ermita, las ruinas de la ermita, pero al pie de aquellos prados no había playa en marea alta. En el Portillo siempre tendríamos, cerca o lejos, una orilla por la que entrar en el mar suavemente.
Los dos primeros días transcurrieron felices.
Hortensia parecía haber recobrado la mitad principal de su ser. Pasaba largos ratos empapándose del escenario. Normal: volvía tras 17 ó 18 años, y lo reconocía a través de sensaciones elementales. Contemplaba mucho la vida en los charcos de las rocas: lapas, bígaros, quisquillas, percebes, andaricas, mejillones…
El tiempo era todavía suave, el aire muy transparente. El agua, bastante fría, permitía baños breves, tonificantes.
A la noche refrescaba; comíamos ante la tienda fruta y galletas de la mochila. Éramos estudiantes, acostumbrados a alimentarnos con cualquier alpiste.
En el horizonte relampagueaban tormentas. Algún rayo descargaba en el mar a lo lejos y lo volvía incandescente por un segundo.
Hablábamos poco pero estábamos juntos.
Hortensia, embelesada con recuerdos, se ensimismaba a menudo. Con sus padres había ido mucho a aquella playa y ahora lo revivía con intensidad.
Sus padres no habían querido volver. Decían que en Brujas se encontraban a gusto, que eran ya mayores, pero Hortensia sabía que no querían afrontar la pena profunda de pisar la tierra natal y otra vez sentir entero el desgarro de tener que abandonarla para sobrevivir en otros pagos.
De pleamar a bajamar la playa cambiaba mucho. Con la orilla alta quedaban sólo los pocos metros del Portillo, pero en cuanto empezaba a retroceder se abrían los lisos arenales de la izquierda hacia la isla que las gaviotas sobrevolaban constantemente. Por los cuetos de la derecha nos asomábamos a la desembocadura del Vallina. Así que estuvimos sin salir de allí, medio absortos y sin ver a nadie; tampoco casa alguna ni automóvil, ni otro vestigio humano que un avión que dejaba su estela en lo alto, así como las ruinas centenarias de la ermita, apenas dos muros que de año en año tenía yo visto que menguaban.
Al tercer día fuimos a Celorio, a comer caliente y a comprar más fruta y galletas.
La vieja del ultramarinos estaba un poco chiflada. Sin disimular la curiosidad, nos abrasó a preguntas, ansiosa por fijar nuestra identidad cuanto antes.
—Yo soy Joaquín Benzúa, de Villahormes.
Desde ese momento, perdió todo interés por mí. Se conoce que para ella Balmori ya era un reino lejano, no digamos Villahormes.
En cambio, se empeñó en que recordaba a los padres de Hortensia, pero en realidad los confundía con otra familia que había emigrado a Suiza. A partir de Balmori todo era extranjero e igual. La mujer nos miraba adelantando la cabeza entre las tiras matamoscas y entrecerrando los ojos. Antes de terminar nuestras respuestas soltaba carcajadas muy sonoras y saludables. Eran una expresión de cordialidad, a la vez que de su excelente humor físico. Las palabras le importaban menos.
Al saber que parábamos en San Martín nos preguntó si ya habíamos visto a Higinio. No hemos visto a nadie, le dijimos.
—Ya le veréis —aventuró, y esa vez no soltó carcajada.
En voz baja contó que Higinio se peleaba con los veraneantes que iban a esa playa. Ella dijo ‘madrileños’ porque llamaba así a todos los que en verano abrían las casas de la colonia de chalets y se reunían por la noche en el Club Marítimo.
Higinio no se peleaba porque anduvieran algunos en cueros, aclaró, sino porque estropeaban la hierba y las cercas, y dejaban basura esparcida por los prados. Las vacas se la comían, confundidas, y más de una se había atragantado con un plástico, o cortado las fauces con el filo de una lata.
Higinio había prometido rajar a guadañazos la primera tienda que se plantara por allí, susurró la vieja adelantando los ojos muy abiertos.
“Me cago en la mar”, pensé.
Escuchamos aún más relatos de las andanzas de Higinio y nos formamos la imagen de un hombre fiero e iracundo.
En un restaurante con patio comimos sopa de pescado sustanciosa, un guiso de pimientos como guarnición de una raja de bonito, y una botella de blanco.
Ojalá no pase como en Torimbia, imploré en la larga sobremesa. Era una playa escondida, un templo natural poco visitado. Se defendía del turismo argayando un invierno tras otro la carretera que un año tras otro se intentaba afianzar para que llegasen bien los coches, pero su inclusión en las guías internacionales de turismo nudista la había puesto en la populosa ruta de peregrinos que anhelaban hacer allí vida social, alternar y codearse.
Con las cámaras repletas de imágenes capturadas, regresaban vestidos de exploradores al monovolumen reluciente y antes de encender el motor tachaban líneas de una lista:
—Ya hicimos Lagos y Torimbia, ahora faltan Piraguas, Fabada y Fábrica de El Gaitero.

Cuando volvimos a la playa empezaba a oscurecer. Al salir del camino de carros vimos una silueta encorvada en una orilla del prado que segaba con enérgicos golpes de guadaña.
Según nos acercábamos íbamos distinguiendo en la figura las chanclas embarradas, las gotas de sudor frente abajo hasta las espesas cejas, bajo las cuales se intuían, más que verse, los ojos, un fulgor intermitente. La boca muy cerrada dibujaba una línea corta. Cuerpo hercúleo, de quien dedica cada jornada a duros trabajos físicos. La piel de sus brazos arremangados tenía aspecto rugoso y pétreo. Habría yo jurado que en algún punto de los brazos se criaban líquenes y musgo.
Nos dimos las buenas tardes en el formato más breve de saludo y, tras pasar a su lado, notábamos cómo su mirada nos examinaba.
Sobresaltados, caminábamos en silencio.
Pero al llegar a la tienda tuvimos una sorpresa aún mayor.
Ya se veía poco y tardamos en comprender lo que ocurría: dos personas instalaban una tienda hasta tal punto cerca de la nuestra que los tensores se cruzaban entre sí.
— ¡Pero con la cantidad de sitio que hay…! —exclamó Hortensia.
Aprovechamos que los intrusos, les llamaremos así, se metieron en la lona a armar los hierros, y llegamos a nuestra tienda. Así no tuvimos que evitar ostensiblemente las palabras de saludo. No cabía un diálogo sereno. No se nos ocurría ninguna fórmula amable, sólo enfrentamiento y reproche.
“¡A quién se le ocurre poner la tienda pegada a la nuestra!”, pensaba atónito. Resultaba anormal, prácticamente una agresión.
La situación era violenta. Hortensia y yo quedamos mudos, intentando asimilarla, sentados a la entrada de la tienda. Por la abertura, a la última claridad de la tarde divisábamos lentas luces de barcos en el horizonte.
A los intrusos les oíamos sin verles, como si compartiésemos habitáculo. Su hablar era bronco, urbano.
—Será el instinto gregario… —apuntó Hortensia.
Recordé un suceso del verano anterior…

Una noche de luna llena volvía de la verbena de Santiago, en Posada, a casa, por la carretera vieja. El eucaliptal de Frieras parecía de plata. Antes de ver el mar lo oía, también a las lechuzas y los cárabos. Al divisar la playa desde San Antolín, el mar brillante, me apeteció bañarme: había sido el día más caluroso del año. Además, en Posada había bebido con los amigos, y me había fumado casi una cajetilla en las charlas de las terrazas. Un chapuzón me despejaría. Bajé por la escalera del rompeolas, crucé el río por donde no llega a la rodilla, dejé la ropa en una roca y nadé un rato, aprovechando que apenas había oleaje. La claridad dejaba ver, pero no con detalle. Por eso me chocó distinguir desde el agua unas sombras moverse en la roca donde tenía mis ropas. Tardé un poco en comprender que era gente. Nadé hacia la orilla. Eran tres jóvenes, dos chicos y una chica, que chapoteaban y se salpicaban, jugando. Salí a unos metros, y no parecían interesados en mí, ni saludaron siquiera, como si no me hubieran visto. Revisé mis bolsillos y no faltaba nada. Me vestí y volví a la carretera. En el mirador estaba aparcada una furgoneta. Sin duda, al pasar habían parado, habían visto a lo lejos a alguien bañándose a la luz de la luna, les había parecido bonita idea y la habían imitado, sin más. La playa tiene más de un kilómetro, todo él disponible, pero para ellos sólo existía el lugar donde estaba yo. ¿Gregarismo? ¿Mimetismo? Me dio miedo, como cuando uno va en un autobús vacío, se sube un pasajero y se sienta en el asiento vecino, y además extiende los codos. Miedo del comportamiento irracional. Parece que, aunque haya sitio para todos, si no se le disputa a otro no tiene gracia.

Cuando terminé, habló en voz baja Hortensia, que era más de reflexionar que de contar:
—Tal vez suelen venir justo a este sitio, a este metro cuadrado, y por la fuerza de la costumbre… Claro que si suelen venir aquí será por afición a la soledad, y entonces se pondrían a distancia, en el otro extremo, no pegados… Es una paradoja.
Yo notaba ese miedo a las fuerzas irracionales, y una violencia creciente en el aire.
Los intrusos se insultaban agriamente, mediante epítetos feroces. Parecían los términos usuales de su trato, pues los intercambiaban sin inmutarse, sin abandonar la tarea que tuvieran entre manos.
Nos olvidamos de la cena y decidimos dormir para, en cuanto amaneciera, cambiar la tienda a un sitio alejado.
El silencio duró un par de minutos.
— ¡Mira qué leña más buena encontré en la playa!
La víspera habíamos apilado varios maderos secos pensando en una hoguera nocturna.
— ¡Ya hay con qué hacer fuego!
Teníamos decidido abstraernos, no entrar en discusiones, empezar el día siguiente en otra parte, como si nada hubiese ocurrido.
— ¡Necesitamos piedras grandes para hacer hoguera! —gritó la intrusa.
Poco después se oyó cómo alguien arrancaba piedras de una cerca (¡croc!, ¡crac!, ¡catacrac!), que a continuación se desmoronaba en buena parte (¡brooomm!).
Asomé la cabeza para ver cómo hacían con las piedras un alto redondel ante su tienda, a un lado de la nuestra. Lo rellenaron de leña, lo rociaron con gasolina y soltaron una cerilla encendida. Las llamas brotaron en explosión sorda y provocaron una momentánea inundación de luz.
Queríamos dormir pero las llamas, su oscilación, provocaban constante inquietud: una simple chispa o un leve arreciar del viento podían reducir la lona a cenizas en un minuto.
Ahora los vecinos cacharreaban. Preparaban su cena y hacían chocar entre sí cazos, botellas y cubiertos.
— ¡¿Dónde hay agua potable?!
—Creo que nos pregunta a nosotros —observó Hortensia.
No contestamos. Tampoco a la repetición de la pregunta. Nos hacíamos los dormidos, queriendo llegar cuanto antes al día siguiente y al fin de la pesadilla.
Pero el nerviosismo crecía y Hortensia optó por hacer observación sociológica. Como si preparase un reportaje, habló un rato de cómo los habitantes de las grandes ciudades viven tan agolpados que han sufrido mutaciones y les entra pánico si no sienten presencias ajenas a menos de cinco metros; la tranquilidad de un paraje solitario puede amenazar el equilibrio de su personalidad; una bocanada de aire sin contaminar puede actuar sobre ellos como un tóxico euforizante; la vida en torres de hormigón divididas en pequeños apartamentos ha troquelado su sensibilidad y en todas partes, aun en el desierto, actúan como si estuviesen en su celdilla, compartiendo el mismo kilómetro cuadrado con miles de personas.
Hablar con talante analítico proporcionaba sosiego a Hortensia, y me lo transmitía.
Los inesperados vecinos cenaban ruidosamente, haciendo sonar con fuerza objetos y organismos.
Al rato, el bullicio empezó a decaer, coincidiendo con un apagamiento del fuego.
Luego se oyeron una serie de gemidos y jadeos, que culminaron en una especie de alaridos. Después del resollar vino la súbita caída en un sueño roncador. Al poco disminuyó, despacio.
Al fin un silencio aceptable.
De pronto, un aparato de radio.
“No es posible”.
Un receptor a pilas difundía música machacona y la voz gangosa de un locutor febril.
Vámonos ya —urgió Hortensia.
Estuve de acuerdo.
Ella conocía senderos por los que guiarnos para salir, con ayuda de una linterna, hasta un lugar resguardado. Desmontamos rápido la lona y llegamos sin tropiezos hasta un pequeño tapete de hierba rodeado de rocas puntiagudas, sobre el acantilado. Hicimos una instalación provisional, sin el doble techo, y el alivio nos hizo dormir enseguida.
El primer sol me despertó. Hortensia había conseguido entrar en un sueño profundo y se arrebujaba en el saco, ajena a la luz.
Tenía yo el cuerpo entumecido por falta de verdadero descanso y decidí bañarme para espabilar en el agua fría. La marea alta dejaba practicable sólo el Portillo. Debía pasar por el emplazamiento abandonado la noche anterior.
Pensé que así comprobaría si todo había sido mera pesadilla.
Ya de lejos, y aunque esperaba cualquier espectáculo, me llamó la atención un caos de papeles, cacharros y prendas de vestir allí donde tenía que estar la tienda.
Me asomé al arenal y desde la altura se veía una furgoneta vieja estrellada, una tienda hecha jirones y dos cuerpos inmóviles, sangrientos y dislocados.
Era evidente que se trataba de cadáveres.
Aturdido, hasta imaginé que lo había hecho yo, sonámbulo, en mitad de la noche.
Noté entonces que bramaba un oleaje montañoso, con un formidable fragor; masas de agua llegaban veloces hasta las rocas y estallaban en espuma blanca.
Desperté a Hortensia y recogimos aprisa nuestro equipaje.
Desde un bar de Celorio llamé al cuartelillo de Posada e informé de lo que había visto. Dije quién era, por si necesitaban mi testimonio, y montamos en el primer tren hacia Ribadesella.
Ya en Villahormes, al día siguiente me llamó la Guardia Civil. Habían trazado una reconstrucción de los hechos:
—Lo que creemos, Benzúa, es que la furgoneta, mal frenada, se deslizó durante la noche contra la tienda, arrollándola y arrastrándola, junto con sus desgraciados ocupantes, que se encontraban durmiendo en el lugar aunque no debieran, hasta el borde del prado, precipitándose desde allí contra la arena y las piedras, con el lamentable resultado que ya conocemos. Asunto concluido. Si le necesitamos, ya le avisaremos; sabemos dónde vive.
No dije que la furgoneta había aparecido de madrugada. Ya no estaba seguro de nada.
En los periódicos no apareció la menor referencia al suceso. Y en la comarca nadie se dio por enterado. Yo quise (cada vez menos) indagar, pero cuando preguntaba en Celorio y alrededores, los paisanos cambiaban de tema.
—Nosotros no vamos a San Martín —era la respuesta más común, antes de pasar a analizar lo poco que llueve últimamente.
Tampoco recuerdan a ningún Higinio.
Ya sólo hablo de ello, y muy de tarde en tarde, con Tensia, más bien por recordar el inicio de nuestro noviazgo que por averiguar lo que en verdad pasó aquella noche.

Abril-mayo de 2006