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Apuntes de cine

CUENTO DE INVIERNO (1992)
Eric Rohmer

DESTIERRO SENTIMENTAL

Entregados y desnudos en la playa, de día, y en la cama, de noche, Félicie y Charles viven un soleado y luminoso romance veraniego.
Al terminar las vacaciones, ella tiene un tonto lapsus en la despedida provisional (da una dirección postal equivocada) y a causa de ello pierde totalmente el contacto con el amado.

Cinco años después, Félicie vive con su anciana madre y con su propia hija, de cuatro y pico.
Juega alternativamente con dos amantes dispares: un peluquero y un intelectual. Escatima el compromiso (cuando no lo escamotea) alegando que les quiere un poco, pero no “con locura”.
Es su manera de adaptarse al desastre sentimental derivado del lapsus.
Usa la relación con uno para presionar al otro. Ella no dice que sí, pero tampoco que no. Sí dice que es muy exigente. Se ofende si no se resisten a su rechazo cuando les planta. Pero si necesita protección o consuelo se les acerca, avivándoles la esperanza, aunque les declare un afecto equivalente a la milésima parte del amor por Charles.
La perfección virtual atribuida al ausente pone a todas horas en evidencia la vulgaridad y el intelectualismo respectivos de los amantes actuales.
Las actividades económicas o librescas que ejercen le parecen a Félicie insatisfactorias y mediocres, si bien se apoya en ellas con libertad.
Ella se guía por iluminaciones, revelaciones privilegiadas. Si el azar se le muestra favorable, es en realidad plegaria atendida, destino regido por la Providencia.

Rohmer refuerza los cimientos filosóficos del argumento: vuelve a la teoría pascaliana de la Apuesta, que ya tuvo una importancia capital en “Mi noche con Maud”. Asimismo, plantea repetidamente la reencarnación o metempsicosis, en el contexto platónico de las ideas innatas y la reminiscencia: el amor de las almas que, viajando a lo largo de sucesivas existencias, se reencuentran en este reino de sombras, y se reconocen.
Se inserta, además, una representación del “Cuento de invierno” de Shakespeare, la escena en que la estatua de una muerta cobra vida por la fe de los deudos.

Rohmer consolida la justificación intelectual del film, pero no le consigue belleza.
Su atmósfera está enturbiada por la descripción del mundo en que Félicie vive su especie de exilio sentimental, mundo presentado como intensamente sórdido y gris, en contraste con el dorado verano inicial.
Y está enturbiada en especial por un rasgo que afea el perfil de la protagonista: la nula lealtad personal que demuestra a sus enamorados “mediocres”, a quienes utiliza sin disimulo, consiguiendo que se desvivan por ella. Dicho con el vocabulario de la religión que impregna la película: lo poco caritativo de su conducta.

Lupo