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Bedoniana

El discutido estreno de...

El discutido estreno de "El Pequeño Oriente"

Aquella tarde Güero Balmori me había citado por teléfono en Casa Raúl. Supuse que hablaríamos de la película, de los retoques previos a la distribución y el preestreno. Antes me había llamado Jaime Herrero desde Oviedo. Estaba en la gráfica donde tenían que entregarle los carteles, y había un retraso en la entrega, hasta mañana. Como conocíamos los bocetos de Jaime, estábamos todos impacientes por ver ya la imagen definitiva, en los periódicos a toda página, y pegada por las paredes. Era sólo cuestión de un día más…
No se me ocurría qué más podía hacerse, pero a última hora siempre surge algún detalle, hasta entonces inadvertido, por despiste. Lo normal en novatos como nosotros.
Comidas y sobremesas habían terminado. En la tranquilidad de la terraza, entre sillas vacías, contemplaba las carpetas con las sucesivas versiones del guión, acribilladas a tachaduras y correcciones; carpetas sobadas, con las esquinas de las cubiertas curvadas hacia arriba.
Habían pasado unos dos años desde que Güero me llamara para que le ayudase con el guión de una película que se traía entre manos. Al principio creí que se trataría de un experimento de andar por casa, un cortometraje basado en alguna de sus ocurrencias. Pero no: era un proyecto de envergadura, una historia que abarcaba a varias generaciones de una familia llanisca, los Arfueyo, repartida por el mundo en sucesivas generaciones. Casi una epopeya, cuya parte escrita iba engordando según la plasmábamos, imprimiendo cientos de páginas de capítulos y capítulos que se iban ramificando.
El Pequeño Oriente. Así se titulaba, pero era uno de los detalles que se podía retocar. Queríamos consultar a Juan Carlos Villaverde, si es que volvía de una vez del Oriente Próximo.
Mientras Güero peleaba con los técnicos para que filmasen las escenas tal como él las concebía, y llamaba a mil puertas para conseguir el dinero con que pagar sueldos y comprar material, yo iba siendo lentamente absorbido por las peripecias de los Arfueyo, dispersos desde hacía más de un siglo por Cuba, México, Argentina, más tarde por Venezuela, y también Bélgica, Suiza, Francia, Alemania…
Con frecuencia olvidaba que eran seres ficticios. Llegué a preguntarme si la abuela de Hortensia habría conocido, cuando estuvo en Australia, a un Arfueyo que llegó hasta allí y se hizo ganadero de merino.
Dos años llevaba mi imaginación dispersa por América y Europa en seguimiento de la saga, y ahora, en mitad de la tarde, me encontraba de nuevo lejos, viajando por el mundo.

La llegada de los Ardisana me sacó de la ensoñación. Camino de Llanes habían parado un rato para ver a alguien.
Tras los saludos, preguntaron por El Pequeño Oriente.
—A punto ya. Estoy esperando a Güero, a ver qué noticias trae: creo que la fecha de estreno...
—¿Al final se grabó algo en la caleya de las flores, la que os dije? –preguntó Pablo.
—Sé que se filmó una escena y quedaron todos contentos con el resultado. Valía para un recuerdo que tenía un personaje desde Cuba. Hacía falta color abundante y variado, casi irreal, y el sitio que dijiste funcionó de maravilla —contesté—. Y las fotos tuyas, Juan, cuadraron del todo. De una que tienes de la Güelga, hecha abajo en la arena, desde el molino, no te extrañes cuando lo veas en pantalla: se hizo una copia virada a sepia, y aparece en un baúl lleno de cosas antiguas.
—Bueno, Juaco, ya veremos todo eso el día del estreno –contestó Pablo, iniciando la despedida.
—Estáis invitados, no hay que decirlo.

Se fueron los Ardisana y debieron de cruzarse con el coche de Güero, porque éste llegó minutos después. Venía apresurado. Al frenar hizo sonar las ruedas en la gravilla.
Flaco y ojeroso, bajo la cabellera rizosa traía mala cara.
Mientras se sentaba saludó serio, con su invariable frase:
—Qué pasó, güey…
Quedó quieto un momento, con la mirada fija en las carpetas y cuadernos. Tenía aspecto de no haber descansado en años, como si hubiera perdido la facultad de dormir.
—¿Qué es lo que no marcha? —pregunté.
—Así es: hay algo que no marcha del todo.
—Bueno, con la cantidad de obstáculos superados hasta ahora, lo que sea no va a torcer las cosas a estas alturas.
“¿Y yo qué sé?”, pensé para mí tras decirlo, irritado por la incertidumbre.
La expresión de Güero, que con los ojos inquietos parecía buscar palabras huidizas, no invitaba al optimismo.
—¿Se retrasa el estreno? —aventuré. Tal vez le habían dado calabazas.
—No se van a estrenar –dijo, con gran esfuerzo, mirándome con fijeza excesiva y apartando luego la vista.
—Bueno, hombre. Después de dos años, unas semanas de retraso no van a romper los nervios a nadie. No tardará en aparecer la oportunidad propicia.
—No me he explicado bien…
No dije nada. Le miré, simplemente, invitándole en silencio a que se explicara como considerase conveniente.
Prosiguió, después de algunos intentos malogrados por la tartamudez:
—No se va a estrenar… ¡nunca!

Un destello febril afloró a sus ojos al exclamar “¡Nunca!”.

Quedé incapaz de contestarle. Atónito, tuve unos minutos la mente en blanco.
Una brisa ligera temblaba en los plátanos de la plaza.
A lo lejos silbó el Feve al salir del túnel de San Antolín, y llegó mezclado con el rumor de coches de la autopista.
En el interior del bar sonaron los aplausos de un concurso que daban por la tele.
Alguien troceaba madera con motosierra hacia el Cabañón.
Una bolsa vacía, empujada por un soplo de viento, se deslizó rasposa por el suelo de la terraza.
La cafetera bufó en la barra. Las cucharillas sonaron con estrépito al ser repartidas en los platos.

—No jodas, Güero.

Imaginé de todo. Lo primero, que Güero estaba muerto de miedo al fracaso y abandonaba antes de empezar.
—¿Te ha amenazado alguien? –pregunté.
—¡Qué va, hombre! Los productores están entusiasmados. En la reunión del otro día no podían disimularlo. ¡Se frotaban las manos!
—¿Entonces? Me da que te has vuelto loco, y me vas a volver majara a mí también. ¿No llevamos dos años echando el resto con la película? Y resulta que ha quedado perfecta, que los productores van a conseguirle distribución y hacerla funcionar… ¿Qué coño te pasa entonces?
—Yo soy el que más feliz está con cómo hemos logrado la película. Es la que venía soñando desde niño, cuando mis viejos y yo vivíamos en México; desde que papá volvía de trabajar en los rodajes de Buñuel, y contaba mil historias del mundo de las cámaras, los focos, los actores…
—Y mil veces me las has contado ya, y cuando Simón del desierto en el valle del Mezquital, y Subida al cielo en Guerrero, que estaban metidos Altolaguirre y su cubana millonaria, pero…
—Eso te digo: es la obra soñada desde entonces, cuando cada noche pensaba en hacer la película de Asturias, la patria idealizada a todas horas evocada en casa como un edén, la tierra idílica de los antepasados y sus leyendas…
Tuve que levantarme, moverme. No podía más. Fui hasta el coche, hice que recogía algo y volví a la mesa.
—Es que caí en que me había dejado el teléfono y estoy esperando una llamada –inventé.
—Pero una vez que hemos hecho realidad la película me he acordado de la etapa de Lejarreta –añadió Güero ensimismado, como si yo no hubiera hecho pausa alguna en la reunión.
Me levanté otra vez, como empujado por un muelle, y entré en el bar. Estuve un rato ante la máquina de tabaco, metiendo monedas a voleo para fingir que estaba comprando una cajetilla.
¡La etapa de Lejarreta! ¿Se le había ido la cabeza a Güero por culpa de la tensión acumulada? Cuando volví a la mesa iba pensando en proponerle un aplazamiento de la reunión hasta la hora de la cena, para ver si mientras tanto se le pasaba la enajenación. Fue al dejarme caer en la silla cuando me di cuenta de qué era lo de Lejarreta.

En 1983 Marino Lejarreta alcanzó la gloria en la etapa de Los Lagos. La decimotercera etapa llegaba desde el Pontón y la televisión empezó a transmitir en directo cuando la carrera andaba por Cangas y Covadonga. Era un día radiante, diáfano, esplendoroso. Lejarreta, jefe del Alfa-Lum, adelantó a los escapados, Machín y Peverage, y se fue solo hacia la meta. Desde motos y helicópteros, las cámaras se recrearon en cada rincón del Parque Nacional, en sus cabañas, praderas, arroyos y caballos; en las panorámicas majestuosas de los Picos. Millones de personas a la vez, en la sobremesa de sus comedores, tuvieron aquella tarde noticia de la existencia del sitio paradisíaco.
A partir de entonces empezaron a desplazarse en masa, como una marabunta humana, a pisarlo, fotografiarlo, grabarlo en video, cubrirlo de residuos… profanarlo, en suma, a mayor gloria del turismo multitudinario.
Empezaba a captar qué quería decir Güero con lo de Lejarreta, el gran Marino.
—Mira cómo está ahora lo de Cangas y Covadonga, convertido en un parque temático, un decorado para fondo de fotos –dijo, sincronizado con mi pensamiento.
—Aquello fue un accidente. Igual que estuvo tan excepcionalmente despejado, podría haber estado metido en la niebla de siempre, y habría seguido como el reino oculto que venía siendo…
—Sí, pero los accidentes hay que prevenirlos. Nuestra película canta con toda el alma a un mundo concreto del Oriente asturiano que es poco conocido, lo sabemos. Hemos filmado en sitios que van a cautivar a quien los vea. Ya querrían, ahora que no nos oyen, Gonzalo Suárez o Garci… Acuérdate del día de la avioneta metiéndonos sobre el río Las Cabras, de la falda del Mazuco hacia Vibaño, del Cuera rosado por la tarde, yo que sé…, y del día del barco, de las tomas que hicimos entre Llanes y Aguamía, todos esos rincones de la costa que casi nadie conoce, desde San Antolín para allá, y todo ello explicando la vida emocionante de los personajes, Juaco, con una actriz taquillera, Aitana Avilés, que al final conseguimos ficharla…, ¡Va a haber un ‘efecto Lejarreta’, te lo digo yo…!
—¡Joder, vaya mezcla rara de optimismo y pesimismo!
—Yo no quiero ser como ése de quien hablábamos el otro día, no me acuerdo de su nombre…
—…
—Sí, hombre, el campeón del ecologismo, el que pontificaba en la barra del bar contra los promotores urbanísticos, acusándolos de destruir el paisaje por dinero, y decía que había que espantar al turismo, no hacer ni hoteles ni urbanizaciones, no te acuerdas, y cómo levantaba la voz y mandaba a la gente a tomar viento a cuenta de la defensa ecológica…
—Me suena…
—Y cuando heredó una tierrina suspiraba por que unos de esos promotores le soltara un dineral, aunque luego llenase el sitio de chalets clónicos, y entonces ese campeón del ecologismo se indignaba porque otros vendían y se forraban, y a él en cambio no le compraban su pedazo de tierra, que no valía ni la mitad de lo que pretendía él… Y el otro día en la barra del bar despotricaba contra los promotores, pero acusándolos ahora de no tener criterio, de comprar sin ton ni son, de no distinguir entre tierras buenas, como la de él, y tierras malas, las de los demás…
—Ya sé quién dices, cómo se llamaba…
—Vale más no recordar el nombre, ni la persona. Hay fantasmas que lo mejor es olvidarlos cuanto antes. A lo que voy es que como ese necio hay demasiados, y yo no quiero ser uno de ellos, proteger a grandes voces esta tierra y luego convertirla en mercancía para llenar el bolsillo, y que los que vengan después arreen.
—¿Y si se cambiaran los nombres para que la película no se relacionara con estos lugares?
—Eso valdría para una novela, crear eso que llaman un territorio mítico, como un Macondo, que no termina de estar del todo en ninguna parte real. Pero en la película no podemos camuflar lo que se ve. Además, la fuerza de esta tierra sólo se puede entender a través del paisaje, y eso no se puede abstraer...

Cuando me despedía de Güero, hasta más tarde, todavía estaba yo conmocionado, como él. Necesitaba un rato para distraerme y asimilar los acontecimientos, aunque sabía que requeriría años. Pero cuanto antes empezase, mejor.
Monté en el coche y salí hacia la villa, por la general.
Además del proyecto de su vida y de dos años de trabajo intensivo, Güero tiraba su carrera de cineasta por la borda. En el futuro, ningún productor pondría un céntimo en una idea suya. Aparte del calibre de los pufos que el tocaba ir resolviendo ya…
Conduje sonámbulo por las curvas de la Cuesta de Serronda hacia Posada. Uno que bajaba lanzado me dio un bocinazo. Igual yo iba distraído y me metí en su carril, no digo que no, pero el otro iba en plan rallye y se había pasado en el viraje.
En cualquier caso, traté concentrarme al volante. Enseguida empezó a desfilar el torbellino de emociones.
Intenté pensar: yo ganaba experiencia y había cobrado mis sueldos. No había perdido del todo el tiempo. Más perdía Güero, que se había jugado la vida. Pero, según él, la ganaba: si a cambio de dinero y fama y vanidad artística hubiera contribuido, siquiera un poco, a incrementar la degradación de esta tierra, en adelante no habría podido vivir tranquilo, aunque aparentemente hubiera triunfado.

Al llegar al alto del cementerio y enfilar el recto descenso a Posada vi a la derecha los Picos envueltos en la bruma del atardecer anaranjado, y la Peña de Lledías, verde y rocosa, plantada imponente junto a las aldeas.
Temí que montes y costa pudieran un día perder el alma, quedarse en paisaje hueco entre autopistas y poblaciones estandarizadas, iguales a las de cualquier parte del mundo (con carteles, eso sí, anunciando fabes, sidra, cabrales, piraguas y turismo mágico programado), y me abrumé.
Se veía un poco borroso y creí que se había empañado por dentro el parabrisas. Pero no: eran los ojos.

junio de 2008