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Apuntes de cine

UNA PAREJA PERFECTA (2005)
Nobuhiro Suwa


LA ESPALDA DEL CORAZÓN

Actualizador de la Nouvelle Vague, Nobuhiro Suwa filma en París este duro relato de un apagamiento amoroso.

Espalda del corazón: su patio trasero y privado, tras la fachada de pareja modélica, en crisis profunda al cabo de quince años.

Acostumbrados a ver en el cine el eufórico enamoramiento entre dos seres mutuamente deslumbrados en los inicios, para asistir a esta otra fase angustiosa y crepuscular hacen falta otra disposición anímica y otro planteamiento estético.

Eludiendo clichés melodramáticos, Suwa escoge el despojamiento radical, asomado a un vacío que deja campo inmenso al espectador, a quien no se le dan mascadas las ideas: se le deja desarrollar las propias, a partir de la concisa realidad que se le ofrece. Como tantas películas actuales, consiste en un marco básico donde el espectador proyecta su propia película.

Con la suavidad de una gasa, “Una pareja perfecta” se posa sobre esa base: la difícil encrucijada de Marie y Nicolás cuando regresan unos días a París, a un acontecimiento social (una boda), se instalan en un hotel y encargan camas separadas.

La comunicación entre ellos, consistente en intercambio de reproches y burlas a las primeras de cambio, es rudimentaria, pobre, aunque sin violencia. Es el estilo imperante en el medio de profesionales acomodados en que se mueven. Parejas sin hijos (sólo un niño en la película, fugazmente, hijo de un padre viudo cuya capacidad de empatía queda de manifiesto), encerrados el uno con el otro, perdidos en sus respectivos papeles de adultos serios ‘comme il faut’.

Ahora, la fuerza del vínculo se extingue y surgen los primeros y decepcionantes vacíos. La pareja reacciona desconcertada, voluble, indecisa. Marie no se da del todo cuenta, y sigue exigiendo a Nicolás y recriminándole como si todavía se pertenecieran y como si, en alguna medida, él fuese de ella aún. Risas nerviosas, agobiadas, a punto del llanto. Tan pronto se muestra hostil como desvalidamente cariñosa. Él quiere actuar como si la ruptura fuese realidad consumada. Lo comunica a los amigos en una cena, para irse acostumbrando, pero no siempre puede con ello.

En el Museo Rodin, ecos del amor de Camille Claudel.

En un bar, un viejo sabio compara la guerra con el amor: se ataca por el repentino miedo hacia el otro, hacia uno mismo ante el otro, hacia ambos ante la vida misteriosa, hacia la existencia a menudo terrible…

Con ritmo extremadamente reposado, planos fijos larguísimos y el consiguiente juego decisivo del fuera de campo en los diálogos, textura digital, sonido directo que incluye hasta las respiraciones, puntuado ocasionalmente por graves notas de piano, y una pálida fotografía de colores muy apagados, idénticos a los que usó el monotemático pintor Morandi (1890-1964), el film captura despaciosa y respetuosamente, para la recreación por parte del espectador, el aire de dolor, zozobra y desaliento que envuelve a los personajes.

No es película para ver en cualquier momento. Conviene escoger la ocasión y estar con la mente despejada.

Lupo