*  ·· ESCRITOS/ Writings · Relatos · Bedoniana · El porvenir del Oriente

 
Bedoniana

El porvenir del Oriente

I

Joaquín Benzúa salió de Villahormes para estudiar Periodismo en Madrid, donde vivió en casa de su tío Hilario. Inquieto, nada más terminar había trabajado en varios periódicos y revistas; sin fijeza en ninguno, pero vendía muchos artículos de viaje. Sabía bastante inglés para desenvolverse por el mundo, y más adelante consiguió algunas corresponsalías. Hortensia ya estaba en su vida entonces, con lo que los respectivos intereses debían combinarse. Hubo años en que ella podía continuar sus investigaciones históricas desde lejos, gracias al asiduo contacto on line con la Universidad, y acompañar a Joaquín en un destino remoto. Disfrutaron especialmente de los años de estancia neoyorquina: aunque había que vivir pendientes de un caudal de acontecimientos informativos que nunca cesaba, y elaborar luego crónicas abundantes, siempre quedaban horas para explorar la vida de aquella metrópolis inabarcable, repleta de exposiciones, conciertos y vida callejera. Pero otros años Hortensia debía permanecer más sujeta al departamento académico. Entonces él se quedaba en España y se metía por un año en el suplemento cultural de algún diario, o estaba de corresponsal en otro país, y se visitaban un par de veces al mes.
También trabajó Joaquín en los gabinetes de prensa de compañías multinacionales, por apurar los registros de la profesión, elección que le llevó lo más lejos posible, a las antípodas neozelandesas. Coincidió con un año en que Hortensia pidió una excedencia para rematar su tesis doctoral sobre la influencia vikinga en la Antigüedad asturiana, y allá se recluyó también en la otra punta del mundo, para el esfuerzo final.
Pero tras unos cuantos años de tanto foguearse, y tan a fondo, Joaquín Benzúa tendía a parar en Villahormes. Habían arreglado juntos una casina camino de La Huelga y andaban entre Madrid y la aldea, hallándose cada vez menos en Tierra Adentro. Al pasar a Castilla y enfrentar las llanuras abiertas, los amarillos horizontes, el aire seco, velado de polvo y moscas, se le encogía el ánimo. Comprendía que ante panoramas tan vastos y desnudos el pensar de la gente se fuese a las quimbambas metafísicas. Añoraba en el acto la tierra verde, variada y boscosa, las paredes montañosas y los valles recogidos, el aire húmedo y salado, el litoral abierto al Septentrión.
Le bastaba un ordenador portátil conectado a Internet para trabajar desde cualquier lugar para cualquier publicación. Contactos había acumulado de sobra.
Con Hortensia había hablado de algún hijo, antes de que se hiciera tarde, un hijo o hija que naciera en Llanes…

II

La riada había cambiado de sitio la pedrera, y alfombrado la playa de maderos de todo tamaño: desde arbolones inmensos arrancados de cuajo hasta virutas como mondadientes, pasando por todos los tamaños intermedios.

En la curva de la carretera vieja sobre la desembocadura del Bedón, Joaquín contemplaba las aguas pardas bajar rugiendo, encrespadas de olas. Una franja marina de varios kilómetros estaba teñida de tierra en toda la costa llanisca, entre el Guadamía y el Cabra.

¡Cuánto había visto cambiar el cauce del río en su tramo final, y el meandro entre las paredes de guijarros, sin que cambiara el hecho básico, el correr constante del agua hacia el mar!
En un tiempo hubo la vega y el cauce desnudos, luego hubo monasterio, luego ferrocarril y viaducto, más adelante dejará de haberlo, o habrá más cosas, a saber, pero siempre bajaría el río a dar en la mar, para que se evaporase el agua, la llovieran o nevaran las nubes, y volviera a bajar por montañas y laderas hasta los cursos fluviales.
Desaparecerá el monasterio y volverá. Desaparecerá el Cuera rosado, y como el agua volverá. Y volverá Bedoniana.
La vida de Joaquín daría manriqueñamente en la mar tarde o temprano y, llegado ese momento, quería estar satisfecho, con la existencia cumplida.

Un grupo de gaviotas jugaba en al corriente. Alzaban un revoloteo corto y se posaban en las aguas rápidas metros arriba. Se dejaban arrastrar a toda velocidad, lanzaban unos gorjeos calcados a risas, y vuelta a empezar…
Las había visto jugar también con el viento en el paseo de San Pedro. Cuando soplaba paralelo al acantilado, volaban hasta el extremo del muro y con las alas quietas se dejaban llevar veloces, rientes, para reiniciar enseguida el juego.
Las envidió. Echó de menos hacer las cosas por mero disfrute, jugando. Se preguntó cómo sería un periodismo hecho con ese estado de ánimo, aprovechando el viento y las corrientes para gozar de un movimiento sin esfuerzo.

III

En la terraza de Casa Raúl, Juan Carlos Villaverde, los Ardisana, Mundo y Güero Balmori terminaban el aperitivo.

—Este Juaco se está retrasando, y mira que siempre fue puntual…
— Desde que volvió el otro día anda medio aventado.
—Va se un lado para otro con las manos a la espalda, rumiando quién sabe qué cosas…
—Está todo melancólico el hombre.
—No es melancólico, lo que está es maquinando algo.

Camino a Casa Raúl, Joaquín Benzúa había empezado a pensar cómo sería un periódico local.
Con la globalización, todos los medios daban a diario noticias de la NBA, el FMI, y los divorcios de Hollywood. Por televisión, radio y prensa, la inundación de esas realidades remotas era constante, pero de lo cercano apenas tenían reflejo informativo.

Ya estaba El Oriente de Asturias, podría decir alguien, pero, con todos los respetos, el veterano semanario se había quedado viejo, era de otra época.

Iba visualizando una publicación moderna, que aprovechara la impresión láser y el manejo de originales por Internet, diseñada con claridad y elegancia, que diera cuenta de la vida de la aldea, los nacimientos y muertes, los viajes y los negocios, las cosechas y las ventas; donde los vecinos pudieran escribir cartas, expresar sueños y quejas, ser retratados en su perfil bueno; donde fuese quedando dibujada la historia de las familias y la identidad colectiva. Noticias que volverían a hablar de cuadras y huertas, boleras y chigres; de artesanía, la de utilidad y la ornamental… Noticias que anticipasen un porvenir en que ese modo de vida renaciera, superando al del hormigón, las urbanizaciones, el turismo masivo y las autopistas. El porvenir… El porvenir importaba, ¿no?

Si Bedoniana iba a dejar de salir, el gusanillo de la publicación no se saca del cuerpo así como así. De ese estar recopilando textos y fotos con plazos apurados, componiendo las páginas, buscando dinero, aguardando a la imprenta, estudiando las reacciones de los lectores, de todo eso no se podía prescindir así como así de la noche a la mañana.
Se podría contar con las hondas y poéticas crónicas de Pablo, las fotos de Juan, la experiencia editora de Juan Carlos, el dominio de la intendencia de Mundo, las ideas inesperadas de Güero, los incontables corresponsales en cada rincón. Le pediría a Jaime Herrero una cabecera guapa. Siguió pensando en tantas personas que se involucrarían en las tareas.

Cuando llegó a la terraza, los que le estaban esperando se volvieron hacia él.
Saltándose los saludos, y antes de sentarse, preguntó:

—¿Qué os parece El Porvenir del Oriente?
—¿No os decía yo?