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Apuntes de cine

PRIMERA PLANA (1974)
Billy Wilder

¡MI REINO POR UNA EXCLUSIVA!

La engrasada máquina Wilder-Diamond acometió “Primera plana” con una doble referencia: por un lado las anteriores versiones del original teatral “Front Page” (la popular de Milestone y la excelente de Hawks), ambas protagonizadas por un jefe y una reportera, y por otro el éxito industrial de “El golpe” (1973), de George Roy Hill.

Se insiste en la época: Chicago años veinte, gangs y corrupción, desempleo y tensiones sociales. Y en alinear dos actores estelares en punta con un reparto de eficaces secundarios. Pero la pareja protagonista no son dos galanes encantadores sino dos caníbales, de profesión periodistas, encargados de diálogos vitriólicos.

El periodismo es presentado como un quehacer de bajos fondos. La sala de prensa del presidio donde un activista de muy pocas luces va a ser ahorcado es una timba desde la que, entre póker, whisky y cánticos, se transmiten a las salas de redacción informaciones descaradamente manipuladoras y sensacionalistas. Unos de esos depredadores, encarnado por Lemmon, es el as del ‘Examiner’, a cuyo director interpreta Matthau, ambos en su registro idóneo, el histriónico. El reportero quiere retirarse, vía matrimonial, y su jefe, posesivo y misógino, intentará toda clase de trapacerías para impedirlo, sin resquicio ético.

Pero esos periodistas, capaces de vender a su madre por un titular a cinco columnas y un aumento de la tirada, no son peores que los demás encartados. El alcalde y el sheriff, corruptos y mafiosos, están dispuestos a cualquier crimen que en sus cálculos electorales pueda procurarles un puñado de votos.

Las instituciones de la época son sometidas a una demolición sin concesiones, que alcanza hasta la actualidad: desde luego la prensa, y asimismo la justicia, la democracia por sufragio, la autoridad penitenciaria y política, con su paranoia antibolchevique, pero también la militancia anarquista y el psicoanálisis vienés, en sátira arrolladora que no se para en límites de corrección y se ceba en el homosexual cursi y la arrastrada prostituta, a quien sin embargo se asignan las únicas reacciones dignas y elevadas de toda la jauría.

En un planteamiento ya muy perfeccionado, Wilder y Diamond sacan de esta visión tan escéptica y sombría una cáustica comicidad, y la empujan a ritmo progresivo, jugando para ello todas las bazas que la trama ofrece, siempre con una carta preparada para la sorpresa y el gag, y apurando hasta el último segundo previo al The End.

Lupo