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Apuntes de cine

TE QUERRÉ SIEMPRE (1954)
Roberto Rossellini

JUNTO A UN VOLCÁN DEL SUR

En actitud rutinaria, los señores Joyce, una pareja británica, viajan en su Rolls descapotable al sur de Italia para liquidar una herencia, la villa de un pariente cerca de Nápoles y el Vesubio.
Al alejarse de su habitual vida inglesa se va poniendo de manifiesto que, tras ocho años casados, el amor está bastante extinguido. Se relacionan con frialdad de extraños.
Él es desdeñoso, indiferente.
Ella, desatendida, a solas se desahoga y murmura cómo le detesta, por presuntuoso.
Empecemos de nuevo, se dicen sin convicción.
La comprobación del desencuentro crónico les conduce a plantearse flemáticamente el divorcio.
El contacto con la Antigüedad viva en el yacimiento arqueológico de Pompeya, con la naturaleza salvaje del volcán y la luz de la bahía de Capri, y con la sociedad callejera de Nápoles, apasionada y latina, agudiza la crisis y empuja a una catarsis de grandes proporciones.

Rossellini se aparta de los presupuestos neorrealistas: no hay drama social sino intimista. Prescinde del recurso a actores no profesionales, con el que se buscaba espontaneidad, y cuenta con dos rutilantes estrellas de Hollywood, Ingrid Bergman y George Sanders, que ofrecen interpretaciones complejas y elaboradas, pero también concisas y sin retóricas.
El tema de la incomunicación es manejado con radical despojamiento de lo superfluo, para llevarlo a la abstracción. Lo real, tratado con estilo documental, más que acumular datos potencia la hondura buscada.
La contemplación de unos cuerpos milenarios recién desenterrados en Pompeya proporciona de golpe una perturbadora visión de la fugacidad de la vida.
Por encima del contexto social, Rossellini abre un marco cósmico donde el ciclo de nacimientos y muertes resuena conmovedoramente.
La combinación de este sentir profundo con las melancólicas napolitanas cantadas por Rondinella tiene un fuerte efecto estético, que es parte de lo novedoso.
El guión, cuyos diálogos son escuetos y banales, como la apariencia de los acontecimientos diseñados, prescinde de la reflexión como objetivo para centrarse en sentimientos íntimos.

Rossellini, que no era marxista sino católico de izquierdas, independiente y buscador, evolucionaba desde los planteamientos neorrealistas hacia un realismo interior, emocional.
En Italia estuvo siempre envuelto en controversia, hostigado por buena parte de la crítica. Esta película fue considerada traición al Neorrealismo, muy negativamente, pero abrió camino a Antonioni y su arquitectónico cine de la incomunicación, y a Fellini, y Pasolini.
En Francia tuvo defensores devotos. A través del teórico Bazin, alma de la Nouvelle Vague que se estaba gestando en revistas y ‘cahiers’, ejerció decisiva influencia en los futuros directores, sobre todo en Godard.
Rivette dijo que la película “abría una grieta en el cine”.
Para muchos críticos, “Viaggio in Italia”, llena de rasgos incipientes, es la primera película moderna.

El título español es un clamoroso “spoiler”, más o menos como si una película basada en una novela de Agatha Christie se llamara “El asesino es el mayordomo”.
La pareja avanza imparable hacia la separación y ya ha acordado divorciarse cuando, de forma inesperada, y literalmente en el último momento, un incidente callejero provoca un shock emocional y una súbita reconciliación.
Otra cosa es que esa reacción, que pone fin en el acto a la película, esté bien contada o, por el contrario, quede un poco elemental.
En francés se tituló “La divorcée de Naples”, y en inglés “The Lonely Woman”.

Lupo