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Apuntes de cine

SARABAND (2003)
Ingmar Bergman

UNA FOTOGRAFÍA DE ANNA, MUERTA

1) El personaje de Liv Ullmann, Marianne, nos anuncia en el prólogo, ante cientos de fotos sobre una gran mesa, su inminente viaje al reencuentro (30 ó 32 años sin verse) de su anciano exmarido, Johan, profesor jubilado que vive retiro de ermitaño en un apartado bosque.
En el epílogo, de nuevo ante el mar de fotos del que entresaca una, repleta de significado, se volverá a dirigir a nosotros, con acentos profundamente conmovedores.

Durante el viaje ha descubierto un asunto muy turbulento en el entorno de la gran cabaña del bosque: en casa cercana se ha instalado con su hija Karin el hijo viudo del anciano, Henrik. La relación entre padre e hija es posesiva, desigual, perniciosa. El enfermizo Henrik acapara a Karin, limitando su autonomía y coartando la libre elección de su destino vital.
Marianne, abogada experta, se encontrará supervisando el problema con discreción, aunque sobrecogida.

Entre prólogo y epílogo quedan comprendidas diez escenas, cada una conteniendo un diálogo entre dos de los cuatro personajes. La extraordinaria sucesión de diálogos sirve de esqueleto al planteamiento-nudo-desenlace, no sin tensiones y desgarros, en intensa progresión dramática: crisis conyugales, infidelidades y celos, furibundos odios paternofiliales, soledad, rencor y locura, aislamiento y orgullo, muerte latente… Un amplio repertorio de conflictos humanos, tratados con una emoción templada y serena que propicia gran hondura.

2) Un quinto y capital personaje, Anna, muerta hace sólo un par de años, aparece reiteradamente en una bella fotografía, un evocador retrato. Su presencia-ausencia constituye el núcleo vacío en torno al que giran las órbitas de los personajes, alguna de ellas enloquecida, saturnina alguna otra.

3) La alta definición televisiva permite a la penetrante cámara apurar los registros expresivos de los actores:

Julia Dufvenius (Karin) despliega con impresionante energía el ímpetu juvenil exigido por su personaje.
Börje Ahlstedt (Henrik) compone al pusilánime que alberga una demencial bomba de odio. Escalofriante la transformación facial en la escena de la iglesia.
Erland Josephson (Johan) exhibe una intimidatoria severidad, llegado el momento. En la biblioteca, una lámpara de escritorio dibuja cada pestañeo de crueldad en sus ojos.
Liv Ullmann (Marianne) ofrece numerosos primeros planos que son paisajes anímicos tan dulces, serenos y misteriosos como el más sublime de los bosques.

4) Como caminante capaz de recorrer a ritmo reposado largas distancias, un Bergman octogenario administra magistralmente su sabiduría. La ejerce en la suma de los lenguajes en juego: teatral, televisivo, cinematográfico, literario, luminotécnico, actoral (y elección musical: Bach sonando en violoncello y en órgano; Bruckner, tempestuoso)… En todos ellos coloca cada átomo creador con arte y medida prácticamente perfectos.

spoiler:

Va con gustos sobre el uso de las tintas dramáticas, pero añadir el grado incestuoso a la relación paternofilial de insana dependencia afectiva se antoja excesivo: resta un punto de equilibrio a la obra aunque, no obstante, el asunto se trate con tacto, el que los personajes mayores escogen para proteger a la nieta, resolviendo el conflicto, aun duro, en lugar de simplemente denunciarlo o reprimirlo.

Lupo