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Apuntes de cine

SÍNDROMES Y UN SIGLO (2006)
Apichatpong Weerasethakul

UN FRESCO BUDISTA

La mirada budista de esta película difiere bastante del patrón occidental. No hay trama interesante ni personajes con carácter. No se proponen.

Para el budismo el ego es un espejismo de la mente. No corresponde a nada real.

Los personajes de “Syndromes…” no están acorazados en sus egos; en comparaciones, competencia y autoafirmación. No se dan importancia, son ligeros y fluidos. No se autodefinen, no hablan de sí mismos (Yo soy así o asá, Yo pienso, Yo creo). No viven grandes pasiones: sale un enamorado y parece un enfermo tembloroso. No tienen que progresar ni desarrollar una sólida “personalidad”.
Hablan de sus reencarnaciones, vidas anteriores, pero no como un californiano ‘newage’ probando a decir cosas excitantes: es su forma normal de ver la existencia.
Con peculiar distancia, nos son mostrados en acciones insignificantes.

La narración no se apoya en figuras destacadas contra un fondo sino que presenta un espacio de mucho relieve, un ámbito con la dualidad figura-fondo muy atenuada.

También es peculiar la estructura de la narración, inspirada en las respectivas juventudes de los padres del director. Médicos los dos, el ambiente del film es en gran medida clínico.
Dividida en dos partes muy simétricas (una dedicada a la madre y otra al padre), en ambas se repiten varias situaciones. La mayor diferencia en el juego de contigüidades y contraposiciones la marca el ambiente rural de una y el puramente urbano de la otra.
Sin opinar, el director deja ver lo distinto de esos mundos. Ejemplo: el mismo monje en el dentista. En una, árboles por la ventana, médico y paciente charlan y ríen, y el dentista termina cantando mientras trabaja. En la otra, estancia sin ventanas, gélida luz de neón, médico y enfermera enmascarados trabajan en silencio, sin comunicación, cada cual abstraído.
Otro ejemplo: en el parque junto a la clínica rural, noche serena, las enfermeras contemplan a los chicos mientras juegan al voleibol y otros charlan en bancos, movimiento y quietud en armonía. En un parque de la gran ciudad, docenas de personas envueltas en música a gran volumen, se mueven al unísono, imitando al monitor en el estrado, ritmo gymjazz o lo que sea.

La arquitectura es presencia continua; muy frecuentes las estatuas, de próceres y del buda. Edificios de madera y con vegetación, en una parte, y sintéticos, geométricos, fríos y asépticos en la otra.
En los planos, mucha perspectiva y ritmos visuales, con gran efecto.

El resultado es una película sin drama, conflicto ni tensión, que no se limita a peripecias de personajes sino que traza un fresco global (hecho de apuntes e instantáneas, flexible, matizado, apacible, sutil y a menudo humorístico) del mundo en que palpitan las vidas de esos personajes, sugiriendo que la civilización industrial y urbana quizá no les caiga del todo bien.

Si se siente curiosidad por mentalidades distintas, esta película, realmente ajena a los parámetros occidentales, tiene interés, y varios momentos deliciosos.

Lupo