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Sombra nada más

Uno de los principales legados del psicólogo suizo Carl Gustav Jung (1875-1961) es su teoría de los arquetipos. Y entre ellos, uno fascinante: la Sombra.
La Sombra, como la materia oscura del universo, domina la mayor parte de la realidad humana. ¿Qué nos creíamos? Casi toda la actividad mental desplegada a diario al relacionarse unos miembros de la especie humana con otros no consiste en analizar, ni siquiera en juzgar, sino en convertir a los demás en recipientes y utilizarlos para proyectar sobre ellos las propias miserias. Y por supuesto se hace abiertamente, a la luz, sino en la sombra, como el vecino que saca basura a escondidas, fuera de horas.
Invitemos a una persona a trazar un somero autorretrato; observemos después su comportamiento efectivo, deduzcamos después la forma de ser que este nos revela y comparemos ambas identidades. La diferencia suele ser tan grande que no parecen aspectos distintos de una misma persona sino personas del todo distintas. Se reconoce en su autorretrato pero no en su comportamiento: ¿Quién será ese tipo vulgar que anda haciendo y diciendo ordinarieces, y manipulando mezquinamente a los demás en el trato, eludiendo cobardemente cada reto que requiera valor y endosando a los colegas las tareas que requieran trabajo y esfuerzo, estafando en las relaciones afectivas, un tipo en fin despreciable a más no poder? La respuesta inmediata:
-¡Yo no soy ese, no! Uno es tal y como se muestra verdadera y objetivamente en el autorretrato; lo demás es manipulación malintencionada: así se comportan los otros. ¡Si lo sabré yo, que estoy harto de soportarlo a diario en quienes me rodean y ponen a prueba mi paciencia! Pero yo no soy como los otros.
Desde el momento en que no se tiene conciencia de ese comportamiento en la sombra (por muy real que sea), y porque choca con el elevado concepto que se tiene de uno mismo, pasa a registrarse de un modo oscuro, subterráneo; por un mecanismo de proyección lo vemos en los otros; sabemos que se ha ejercido tal comportamiento pero se lo asignamos a los otros, a quienes antes de reconocerlos tal como son usamos como pantallas para atribuirles cuanto de inadmisible detectamos en nosotros.
Cuando se tiene disposición abierta hacia lo desconocido –inconsciente— en uno, la negociación con esas fuerzas imprevisibles se ve muy favorecida. Hay algo primario, tosco, elemental e inculto que terminará aflorando creativamente a la superficie iluminada. Pero cuando se opone terca resistencia a un mínimo de reconocimiento, la Sombra acentúa su asedio reivindicativo. Formo parte de ti, es su mensaje a la conciencia esquiva, ante quien se presenta por cada ventana, por cada fobia, cada pesadilla. El cobarde o inmaduro grita, pide auxilio, a quien quiera escucharle intenta convencerle de que sufre una siniestra conspiración de otro u otros, algo que él mismo, en su fuero interno considera con escepticismo. Pero si cuela, puede verse libre de afrontar sus responsabilidades. Va al encuentro de los demás huyendo de sí mismo, porque no puede estar a solas; pero por lo mismo no puede dejar de proyectar su sombra, a estas alturas genuina mala sombra, sobre quienes encuentra; los reviste, pues, de un aspecto sombrío, y al detectarlo se espanta y reanuda la huída, en creciente autopersecución. Huye de al realidad porque hasta su propia sombra, según la proyecta, le infunde pánico. Se refugia en su infantil autorretrato y suplica a los demás que alaben la obra por su exactitud y verismo, su increíble parecido. Pero si le siguen la corriente los ve como malos, la mala sombra empieza a apoderarse de ellos, para que no cese el delirante transformismo. No enfrentará: huirá. Y cuando ante alguien se encuentra con la Sombra que a la vez proyecta y odia y teme, se le doblarán las rodillas y evitará lanzarle a la cara los reproches que sí le cuelga profusamente a sus espaldas, hablando con terceros; y atribuirá a alguien –cualquiera: el que pasara por allí, el que se hubiera puesto a tiro—estar colgándole profusamente reproches a sus espaldas, hablando con terceros.
“¡No, por favor! ¡Yo quiero ser como dice mamá (o papá) que soy cuando me porto bien! No quiero ser como los demás me dicen que soy. No son tan buenos como mamá; son envidiosos porque no tienen una mamá tan buena como la mía. Les da rabia reconocer que mamá y yo tenemos razón, y que soy inteligente, guapo y hasta ingenioso. Se dan cuenta de que siempre digo cosas interesantes y divertidas, pero por envidia hacen como si no lo fuesen y reaccionan como si yo dijese solemnes estupideces, y se empeñan en que suene así, pero no lo conseguirán. ¡Más quisieran! ¡Que ganen ellos las elecciones, aunque nada más lo intenten para joderme a mí! Les desquicia que cada día mis ministros subrayen con justicia mis aciertos.”
Más elevado el concepto de sí, más larga y amplia la sombra proyectada sobre el mundo exterior. Y si uno, en la cima de la autoindulgencia, a fuerza de exagerar y falsificar elabora una idea excelsa de sí, de la puerta de casa para afuera todo será pululación de maléficos demonios, seres degenerados poseedores exclusivamente de defectos, razas inferiores, pobres despojados, intelectuales grises y venenosos, mujeres que en el fondo son todas putas, hombres que en el fondo son todos violadores, jóvenes que en el fondo son todos drogadictos... Incluso de la puerta para acá los sombríos fantasmas pueden ganar sitio porque la capacidad de proyección va en aumento y es ilimitada. También apasiona proyectar nuestra Sombra en los parientes cercanos, para así dar aliciente a la convivencia diaria.
Pero la Sombra tiene una arrolladora influencia como arquetipo colectivo. Una comunidad de millones de personas proyectando al unísono y por acuerdo su fantasmagoría moviliza un caudal de energía capaz de determinar el curso de la Historia provocando guerras infernales. De hecho, se podría definir la guerra como el resultado de la proyección impune, por parte de un colectivo, de su sombra sobre otro colectivo al que transfigura en demonio, enemigo a aniquilar.
¿Lo hace a sabiendas el gobernante que cuando nota en su país contradicciones agobiantes moviliza los recursos propagandísticos para que aparezca como culpable otro país, otra nación, otra comunidad a la que convierte en responsable absoluto de todos los problemas, sin que reste otra opción que destruirla en lucha total por la supervivencia? El exagerado ideal kistch de una imperial raza aria pura requiere una exagerada raza sombría maligna e impura. En la espiral demente, el siguiente paso es el exterminio.
Echar balones fuera, hallar una cabeza de turco, un chivo expiatorio, un cordero que cargue con todos los pecados, es expediente al que recurren tanto los individuos en su vida diaria como las naciones en el escenario de la Historia.
Es más fácil cerrar filas si se encuentra una víctima propiciatoria a quien endosar la malignidad que no se tiene la gallardía de aceptar como propia.
Se podría calibrar el grado de evolución –individual o colectiva—según la capacidad para relacionarse dialécticamente con el Otro: si se le reconoce como un semejante, alguien con quien se comparte identidad, aunque el modo concreto en que esto ocurre aún no se conozca, se abre el diálogo que busca conocimiento y desarrollo, la negociación existencial; si no, ese otro será satanizado gracias a la gigantesca fuerza emanada del arquetipo de la Sombra, que en vez de alimentar figuras creativas, como sin ir más lejos el payaso de mentalidad tan cómica como primitiva, o el ancestro rudo pero guasón y entrañable en su elementalidad, puede inflar los horrendos espectros que envenenan las pesadillas, los terrores nocturnos.
Llegados a este punto, el instinto gregario aporta el combustible más poderoso. Si los gobernantes ayudan, el árbitro de fútbol deja enseguida paso al jefe del país enemigo, o el pensador independiente –y por ello comprometedor—al representante de una raza distinta.
La responsabilidad eludida se convierte en culpa, y esa culpa debe pagarla alguien cuanto antes. Es el paranoico principio del Agente Externo: en él reside la culpa y en eso consiste la gestión reaccionaria de la Sombra, donde hunde su raíz el verdadero problema: el alarmante predominio del odio en el mundo.