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Bedoniana

Un Bedón titánico

En 1983 la prensa no gastaba clichés como ‘políticamente incorrecto’, ‘sensación térmica’ o ‘incidencia medioambiental’, ni publicaba reportajes inquietantes sobre cómo se acerca a la orilla el calamar gigante del Cantábrico. Los que entonces se usaran, hoy están olvidados, que es lo propio de lo efímero.
Si en el verano del 83 hubiera estado en boga la hoy tan mentada idea de ‘cambio climático’, en el concejo de Llanes se habría agotado, de tanto como se habría suscitado al hablar de lo sucedido a finales de agosto.
El 26 mi madre me despertó temprano porque alguien me llamaba por teléfono.
—Preguntan por ti, espabila.
—¿Quién? —pregunté, alarmado por lo intempestivo del recado.
—No lo dijo, pero habla de forma que mete prisa…
Al bajar, pude ver por la ventana del descansillo que el temporal, o lo que fuese, había escampado.
—¿Dígame?
—¡Benzúa, ya me estás enviando cinco folios con lo que pasó ayer!
Lugrán al aparato.
No era su nombre, claro, pero en la revista se le llamaba así por la calva, el sempiterno habano, las malas pulgas, como el Lou Grant televisivo.
—Es que estaba durmiendo todavía…
—¡Déjate de excusas y ponte a ello hora mismo, gandul! ¡Y si puedes entrevistar a algún responsable, lo metemos también! ¡Con las fotos de la agencia vamos a montar una página de órdago!
Lugrán, todo mus…
Empecé a negociar un poco de plazo, pero Lugrán ya había golpeado el auricular contra el teléfono para cortar la comunicación.
Como siempre, no encargaba que pensara un artículo y lo redactara, sino que lo enviase, como si ya estuviera escrito. Cuando Lugrán, poderoso redactor jefe de una importante revista madrileña, pedía un informe o reportaje, más valía escribirlo ipso facto. No me quedaba otra. Porque si Lugrán le mandaba a uno a tomar viento, la cosa podía ponerse fea.
Aplacé, pues, el desayuno, saqué la Olivetti a la galería y, sabiendo que no podía levantarme hasta firmar el quinto folio, me puse a redactar un informe sobre lo ocurrido la víspera, es decir, a contarlo.

Conté que a media mañana en Toranda estaba el cielo gris y el aire quieto, como la mar. Al no dar el sol, había pocos turistas. La orilla, muy retirada, dejaba el arenal al descubierto, liso y despejado, perfecto para el fútbol. De eso se trataba: un partido organizado por los italianos de Balmori, emulando cualquiera de los choques del calcio, para complacencia de Helenio Herrera, quien sabe si asomado al espectáculo desde alguna de las casas de Niembro.
En tal caso, le habría extrañado que fuese un partido mixto, de chicos y chicas. En sí, un partido mixto no sería tan extraño; tal vez infrecuente, pero no chocante. Sin embargo, no era de chicos contra chicas, sino de chicos con chicas (o al revés) en un mismo equipo. Eran equipos de parejas. Varias parejas por equipo, atadas pierna con pierna. Derecha con izquierda, o al contrario, y a correr. Si Gustavo Bueno, durante un paseo matinal, hubiera hecho un alto para contemplarlo, las manos a la espalda, habría pensado que se trataba de una versión playera del andrógino platónico. Y Gonzalo Suárez, desde el camino de Torimbia, viendo a lo lejos, envuelto en la suave luz gris, el bullicioso movimiento que formábamos al jugar en la arena, entre caídas, acrobacias, gritos y risas y goles de churro, planearía rodar algún día una película cuyo argumento se centrase en un partido de fútbol jugado en una playa asturiana.
Conté que nuestro partido era al fútbol lo que el Bombero Torero a la tauromaquia, pero que lo divertido no se le podía discutir.
Conté que, enfrascados, no nos dimos cuenta de cómo la luz se iba atenuando. No llegaron nubes sino que el uniforme gris del cielo se fue oscureciendo de forma gradual.
No se movía una hierba, ni la superficie del agua presentaba ondas.
—Si no supiéramos que al otro lado está Irlanda, el Cantábrico nos parecería un lago —dijo Piero. En un descanso notamos lo oscuro que se había vuelto todo menos el horizonte.
Entonces, como si el cielo aguardara a que abandonásemos el juego y prestáramos atención unánime, empezó a soltar a plomo goterones que hacían daño en el cráneo. Uno aquí, otro allá, dispersos al principio. Ploc, ploc.
El cielo seguía oscureciéndose, ya pizarroso, todo él una densa nube uniforme y sin contornos.
El partido había durado bastante y el baño era lo apetecible. Los turistas ni lo imaginan, pero cuando orvalla es cuando más templada está el agua en la orilla.
El mar, caliente. Se estaba bien en la temperatura tibia, oyendo el chapoteo de los goterones contra el agua; mejor que en el exterior, donde el aire se había enfriado súbitamente.
En esto, conté, el aire se contrajo, se hizo denso, y junto a la roca del Elefante descargó una columna de luz. Durante unas décimas, el mar pareció inflado y fosforescente. El trueno que siguió retumbaba tanto que sacudía las vértebras. El sonido de la lluvia redobló; se volvió fragor, estruendo.
—Andiamo, ragazzi, que nos electrocutamos.
Daba igual fuera del agua que dentro, se mojaba uno lo mismo. El siguiente trueno rebotó por la cuesta igual que una pedrada de dinamita, restallando como si el suelo se agrietase. Corrimos a los coches y nos desperdigamos, unos hacia Posada, otros hacia Barro y Balmori. Nadie hablaba porque el techo de la furgoneta era una cacerolada. Pasando en Bricia por el tunelín bajo la pista titubeamos, a causa de la gran charca que se había formado, e hicimos ademán de subir las ventanillas, que ya estaban subidas del todo.
—Mira que si nos quedamos ahí empantanados, y el agua sigue subiendo y subiendo…
Nadie del grupo iba hacia Villahormes, así que permanecí por La Vega con los amigos. Me prestaron una camiseta seca y anduvimos por los bares, a la espera de que parase la tromba. En el Acuario, uno hizo la broma con el nombre: que si a ese paso iba a ser verdad, o algo así…
Por cualquier pendiente saltaban torrenteras rabiosas, y las alcantarillas no podía tragar tanto.
Contra la Peña se estrellaban chispas y rayos con un estrépito que aturdía. Por la falda bajaba el agua en lámina, a manta, moviendo piedras. La gente se miraba, reía con nerviosismo. El estruendo del agua era tan imponente e intimidatorio que nadie pronunciaba palabra.
A la hora de comer las luces estaban encendidas. Brillaban en la oscuridad de los interiores.
Conté que se hablaba de las truchas de la piscifactoría inundada; que nadaban por los prados, se decía. En muchas casas cenaron pescado aquella noche, pescados recogidos entre los árboles, como frutos. Pin lo repetía una y otra vez, incrédulo. Había salido a la huerta, con botas y una capa de plástico, a coger de la cuadra una linterna, y había visto varias truchas nadando entre los tomates.
Conté que el sumidero del Calabres se había taponado con la arena que traía desde la cantera de La Tornería. Ya no fluía su curso hacia El Bau de Niembro y el nivel de la balsa aumentaba rápidamente. Las ánimas habían salido de la capilla, extrañadas, y flotaban en el molino viejo, junto a la salida del chorro que había dejado de caer.
Para sacar de Bricia a algunos vecinos amenazados por la inundación se vieron, en versión local de la Venecia de Canaletto, lanchas pasar por el cruce donde solían frenar camiones y coches. Conté que en una barca iba el cazador de madera que vigilaba una casa en Quintana. Y conté asimismo que las gallinas, barruntando peligro, treparon revoloteando al alto de la iglesia.
El agua arenosa disolvió la tinta de las cartas que en la oficina de correos aguardaban a ser repartidas.
Conté que corría una noticia procedente de Rales: el ramaje había formado presa bajo el puente, y la presión desaforada del Bedón lo había reventado, diseminando por las riberas fragmentos de hormigón y anegando vegas.
Por la tarde se fue la luz mientras el cielo oscuro continuaba licuándose sobre el concejo. Sin propiamente escampar, la lluvia, aun copiosa, pasó a un régimen normal. Se convirtió en un rumor de fondo para el silencio de los paisanos. Ningún motor, apenas voces. Conté que así sería este lugar en siglos pasados, antes de aparecer las máquinas modernas.
En el café Moderno se jugaba a las cartas a la luz de un camping gas. Al fondo, colgada de una viga, una lámpara de minero soltaba olor a queroseno.
En la terraza, bajo el toldo rayado, vi a mis padres contemplar en silencio, con sonrisa plácida y ojos iluminados, los movimientos del agua entre los plátanos de la plaza. Me acerqué a darles un beso. Habían ido a unas compras por la mañana y aguardaban sin prisa el momento de regresar.
—Tú vuelve con cuidado, y no tardes.
Me imaginé nadando sobre la carretera hacia San Antolín, veloz, con la corriente. Me despedí hasta la noche. Cuando caminaba bajo la lluvia hacia la Yenka, a ver si encontraba a cualquier conocido, me volví un instante y vi a mis padres ensimismados y felices, cogidos de la mano, despreocupados, entregados a la contemplación del fenomenal aguacero que no cesaba de caer sobre una tierra tan querida para ellos.
Un pariente de Hontoria me llevó hasta Villahormes cuando a última hora la tromba adelgazó y se podía ver la carretera a través del parabrisas. Pasado el alto del cementerio, empezando a bajar hacia el monasterio, se oía —aparte de la lluvia y del sonoro correr del agua por todos los cauces imaginables— un rumor de crujido: el Bedón avanzaba desbocado hacia el mar, arrancando ramaje y árboles enteros, empujando rocas y peñascos. Ya lo vimos al pasar el puente: un agua rápida y parda tocaba los bajos de hierro y hormigón, lo rascaba con material arrastrado.
Del camping instalado de cualquier modo en la pedrera, sólo quedaban restos. La crecida ocupaba todo el ancho de la desembocadura, y aun parecía que no era salida bastante e invadiría en cualquier momento la carretera vieja.
Venía furioso el río. Era cierto: en el puente de Rales el ramaje había taponado el ojo y represado el agua, pero la incontenible fuerza con que venía empujando desde los altos lo reventó. Por vez primera en décadas, acaso siglos, el pueblo había quedado aislado del camino de Cangas. De ahí hasta San Martín, el Bedón enrabietado mordía violento las riberas boscosas y engullía proyectiles que estrellar contra las tiendas y rulotes incautas de San Antolín.
Conté que el río había plantado en el camping una casa de madera clara recogida a su paso por El Barreru.
Una gran lengua marrón y espiriforme entraba en el mar varios kilómetros.
En silencio melancólico contemplamos cómo alguna rulote giraba bamboleante, parecía que el remolino la derivaría a la roca furacada, donde el trampolín de cemento, y la empujaría a la playa, pero al final la enfiló hacia el horizonte, quién sabe si hacia Gales o Irlanda, o hacia América en corriente transatlántica. Dentro bailaban los enseres, los juguetes de playa, un perro, un periquito enjaulado, o un televisor portátil donde seguir los torneos veraniegos…
Pensé, con tamaño de hormiga, en los miles de años que llevaba el Bedón tallando hacia el mar su cauce con estos repentinos golpes de brío, uno de los cuales, no el primero, ojalá tampoco el último, había visto con mis ojos el día de San Luis.

Todo esto, y más que no recuerdo, conté en la Olivetti y lo mandé a Lugrán por fax cuando anochecía, agotado por el nerviosismo del imprescindible café. Al poco llamó furioso, con el puro atragantado. Casi no se le entendía.
Que si me creía García Márquez.
—¿Por qué?
Que había pedido una crónica periodística, no un relato fantástico; que dónde estaban los informes de intervención de las autoridades, Protección Civil, Bomberos, la Benemérita (así dijo), los municipales, las brigadas de voluntarios; dónde los datos de evaluación de pérdidas, el número y tipo de víctimas, la cantidad de litros por metro…; estadísticas, en fin: “¡es-ta-dís-ti-cas!”.
Y que si yo le salía con el realismo mágico y fantasías morunas; que si para eso había yo estudiado Ciencias de la Información y llevaba años haciendo prácticas como un burro de noria, para no haber aprendido un carajo (a veces hablaba un poco americano).
—¡Pero si yo he contado lo que pasó! Aquí las cosas se ven como te digo. Tú las ves a través de la TV y en forma de datos, y eso es otra realidad… —intenté explicarme, pero Lugrán ya había golpeado el auricular contra el teléfono para cortar la comunicación.
Días después se publicó el artículo, arropado por buenas fotografías, pero como complemento de un reportaje más amplio sobre los estragos del diluvio en Bilbao, mucho más devastadores y desgraciados, porque allí el temporal no pudo por menos que crecerse y cobrar proporciones descomunales.
El temporal, o lo que fuese: entonces se hablaba de ‘gota fría’ a todas horas; hoy, ya nunca.

junio de 2007